SOCIALISMO EN ESTADOS UNIDOS. ¿Por qué ahora?

 

Por Edward Castleton*

 

El auge del socialismo en Estados Unidos se explica por la desigualdad de ingresos y la precarización del empleo. Sin embargo, aunque a lo largo del siglo XX el capitalismo estadounidense tampoco fue un ejemplo de modelo social, nunca fue tan resistido como hoy.

Entrevistado recientemente para la CNBC –el 6 de mayo de 2019–, Bill Gates dio a entender que no le preocupaba demasiado el entusiasmo que suscitan personalidades políticas como el senador Bernie Sanders o la representante de Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez, quienes defienden ideas “socialistas” dentro del Partido Demócrata. En su opinión, su concepción del socialismo expresaría el (entendible) deseo de algunos de sus conciudadanos de aumentar los impuestos, pero no la voluntad de abolir el capitalismo como tal. De hecho, Gates dice ser favorable a una mayor progresividad impositiva y un aumento de los derechos de sucesión, que el presidente Donald Trump, también multimillonario, ha reducido de manera drástica.

No es el único que piensa de este modo. El propio Warren Buffett señaló que pagaba un impuesto proporcionalmente menor al de su empleada doméstica o su mayordomo. Esta mezcla de preocupación y filantropía distingue a estos multimillonarios estadounidenses de los ricos romanos de la época de San Agustín, quienes se convirtieron al cristianismo seducidos por el más allá que les ofrecía la nueva religión, con la esperanza de conservar su fortuna tras su muerte…

Las recientes declaraciones de Bill Gates ponen en escena buenas intenciones, pero también dan cuenta de un contexto más general y radicalizado. Sin embargo, aunque Sanders, Ocasio-Cortez y sus aliados políticos se proclaman “socialistas demócratas” (véase Sunkara, pág. 10), no abogan por la nacionalización de sectores clave de la economía. El entusiasmo que suscitó la campaña de Sanders durante las primarias demócratas de 2016 se debió, en particular, a su denuncia de los desmesurados derechos de inscripción a las universidades y de los costos médicos igualmente exorbitantes del sistema de salud en Estados Unidos. Si bien la primera cuestión constituye una preocupación constante para las clases medias, preocupadas por el futuro de sus hijos (y por las deudas que acumulan tras la obtención del diploma), el costo prohibitivo de los seguros de salud angustia a todas las categorías sociales, a excepción de las grandes fortunas del país.

La “excepción estadounidense”

Ninguno de estos dos puntos remite al “socialismo” del pasado, que se asocia más bien a imágenes de obreros en plena faena y fábricas desbordantes de actividad. Está claro que lo que se entiende por “socialismo” en la era del Antropoceno y las crisis ecológicas es algo muy distinto. Los militantes que gravitan en torno a Sanders no idealizan las fábricas humeantes ni reducen sus expectativas al pleno empleo y la independencia energética, ambas perspectivas que podrían verse favorecidas con la explotación del gas de esquisto y la reapertura de las minas de carbón, promovidas por Donald Trump y sus aliados proteccionistas, quienes están preocupados por relocalizar sus cadenas de producción.

Algunos ecos de estas reivindicaciones socialistas contemporáneas se oyen en otros sectores del Partido Demócrata, como cuando la senadora Elizabeth Warren, candidata a las primarias para las presidenciales de 2020, reclamó una participación numerosa de los asalariados en los consejos de administración de las grandes empresas. Incluso candidatos más moderados que Sanders o Warren, como Pete Buttigieg, justificaron la popularidad actual del “socialismo” reconociendo que “el capitalismo decepcionó a mucha gente” (1). De hecho, hoy en día, los electores demócratas tienen una visión más positiva del “socialismo” que del capitalismo (un 57% contra un 47%). Si bien la mayoría de la población sigue privilegiando a este último, se trata de una proporción muy inhabitual en la historia estadounidense (un 56% contra un 37% de opiniones desfavorables) (2), a tal punto que, durante largo tiempo, sociólogos e historiadores consideraron la casi inexistencia de una propuesta política socialista en Estados Unidos como constitutiva de la “excepción estadounidense”.

En una serie de trabajos que se convirtieron en lectura obligatoria para los estudiantes de Ciencias Sociales, el politólogo conservador Seymour Martin Lipset (1922-2006) intentó explicar por qué el socialismo había logrado echar raíces en toda Europa, pero nunca en Estados Unidos. En su opinión, esta particularidad residía en cuatro puntos principales: la naturaleza del sistema político estadounidense (la hegemonía de dos partidos, una única vuelta en la elección presidencial, un colegio electoral que privilegia el voto de los Estados y el sufragio universal indirecto, etc.); una clase obrera heterogénea (fruto de oleadas inmigratorias sucesivas); la ausencia histórica de toda alianza sólida y duradera entre los partidos políticos y los sindicatos y, finalmente, un apego “cultural” a valores individualistas en ruptura con las ideas socialistas (3).

Los análisis de Lipset retomaban los del sociólogo alemán Werner Sombart, amigo de Max Weber y autor en 1906 de un análisis que se convirtió en un clásico, ¿Por qué no hay socialismo en Estados Unidos? (4). Gran conocedor de los textos económicos de Karl Marx y simpatizante del Partido Social-Demócrata alemán, Sombart se interesó por las formas que adoptaba la modernidad en las sociedades capitalistas. Su conclusión fue que, aunque era probable que la sociedad estadounidense fuese donde el capitalismo aparecía con mayor crudeza, a diferencia de las sociedades europeas de la misma época, era alérgica al socialismo por razones profundamente ligadas al aburguesamiento de su clase obrera. En su opinión, los trabajadores no se oponían ni al capitalismo ni a su gobierno, y además se adaptaban a un sistema electoral mayoritario de una vuelta que favorecía el monopolio de dos partidos. Al ser más ricos que sus pares europeos, también tenían más posibilidades de subir de estatus social gracias a su trabajo.

En el pasaje más famoso de su libro, Sombart escribe: “A medida que la situación económica del trabajador asalariado mejoraba, su vida ganaba en bienestar y experimentaba la tentación del confort material, tenía que aprender a amar al sistema económico responsable de su destino, tenía que aprender a adaptar su espíritu al extraño mecanismo de la economía capitalista, tenía que sucumbir finalmente él mismo en su integridad a los encantos que la rapidez de los cambios y del peso creciente de las grandes cantidades ejercen sobre casi todas las personas. Una pizca de patriotismo –el orgullo de que Estados Unidos vaya a la cabeza del ‘progreso’ (capitalista) por delante de los demás pueblos– refuerza aun más su espíritu económico y le convierte en el hombre de negocios sobrio, calculador y carente de ideales que conocemos en la actualidad. El roastbeef y la tarta de manzana acabaron con todas las utopías socialistas”. A la movilidad social, que obstaculizaba el enraizamiento del socialismo en Estados Unidos, se agregaba la movilidad geográfica. La existencia de una frontera siempre abierta, con tierras yermas, baratas, permitía que quienes no estaban satisfechos con el trabajo industrial tuvieran la esperanza de cumplir el “sueño americano” del productor autónomo, del propietario individual.

Según Sombart, como los trabajadores estadounidenses aspiraban a liberarse de su clase, no concebían la idea de que ésta podía acompañarlos en su ascensión social: razonaban en términos de mejora individual y no de acción colectiva. Con frecuencia, los sucesores del sociólogo alemán, como Lipset, insistieron en el papel que podía desempeñar la inmigración al volver aun más difícil la constitución de una clase obrera militante. Los obreros extranjeros que llegaron a Estados Unidos a comienzos del siglo XX creían que su situación era temporaria. Su objetivo era enriquecerse rápidamente para poder volver de inmediato a su país de origen. Asimismo, la enorme inmigración de la época hizo que una alianza entre los obreros calificados –en su mayoría nacidos en Estados Unidos–, que tenían tendencia a sindicalizarse, y los obreros no calificados –principalmente inmigrantes–, más dispuestos a aceptar condiciones de trabajo deplorables, resultara muy difícil. En último lugar, la constitución de colectividades en las grandes ciudades reforzaba la identidad étnica de los inmigrantes más que su identidad de clase.

Sombart también señalaba que el muy alto grado de integración cívica, que impedía el desarrollo de una conciencia de clase, se explicaba por la inscripción del principio de soberanía popular en la Constitución, la abolición del sufragio censitario y el derecho al voto para la población masculina y blanca desde 1812. Por su parte, el politólogo Louis Hartz sostenía que la poca conciencia de clase de los estadounidenses se debía a una doble ausencia: la de un orden social estructurado por corporaciones de oficios en un período feudal anterior y la de la experiencia de una revolución social burguesa (5). En una frase muy citada, un contemporáneo de Hartz, el historiador Richard Hofstadter, afirmaba que Estados Unidos, en vez de tener ideologías, es su propia ideología (6).

Sin embargo, entre la publicación del libro de Sombart y el armisticio de la Primera Guerra Mundial, el país tuvo un Partido Socialista poderoso, que estuvo representado durante largo tiempo por Eugene Victor Debs. En 1910, Estados Unidos contaba con más representantes electos socialistas que el Reino Unido laboristas. En 1912, los socialistas controlaban las municipalidades de Milwaukee (Wisconsin), Flint (Michigan), Schenectady (Nueva York) y Berkeley (California). Ese mismo año, Debs obtuvo el 6% de los votos en las elecciones presidenciales, al tiempo que su partido acumulaba resultados halagadores, no solo en Estados como Wisconsin (con gran población de obreros inmigrantes alemanes, ya receptivos a la causa socialdemócrata) o Nueva York (donde vivían muchos de los recién llegados judíos de origen polaco y ruso), sino también en algunos Estados rurales del sur (Oklahoma, Arkansas, Texas y Luisiana).

No obstante, estos primeros éxitos no se sostuvieron en el tiempo. Después de que Estados Unidos entrara en guerra, en 1917, Debs y la mayoría de los dirigentes socialistas, quienes se oponían a la guerra, acabaron en la cárcel. La Revolución Rusa no hizo más que exacerbar las tensiones en un partido debilitado por la represión, ya que el socialismo de la mayoría de sus afiliados tenía sus raíces en el evangelismo cristiano y la crítica populista de los monopolios antes que en las obras de Marx y Lenin.

Redefinir la clase obrera

Muchos observadores afirmaron que el éxito de Sanders en 2016, así como su actual popularidad, se explican por el hecho de que su lucha política se enmarca en un partido ya establecido, al que espera cambiar para que dé cauce a otras ideas, menos tributarias de los deseos y el financiamiento de las grandes empresas. Ni al ecologista independiente Ralph Nader ni al socialista Debs les fue muy bien en las elecciones presidenciales. Sin embargo, lo más importante quizás sea que, en una sociedad marcada por el desclasamiento de las categorías populares, el aburguesamiento que Sombart identificaba como un obstáculo para el socialismo en Estados Unidos ya no tiene tanta fuerza. Con la desaparición de la movilidad social ascendente en los últimos cuarenta años, la “vacuna” contra el socialismo se volvió ineficaz.

Por su parte, Lispet imaginaba que la excepción estadounidense desaparecería con el vuelco liberal de los partidos de izquierda europeos, los que, a fuerza de privatizar sus infraestructuras, terminarían por parecerse al Partido Demócrata de William Clinton. Ahora bien, no podía imaginar que nuevas generaciones de estadounidenses descubrirían ser socialistas ni que militantes demócratas se inclinarían por Sanders porque se sentirían despreciados por un partido que, durante la presidencia de Barack Obama, dejó que la crisis financiera de 2008 se transformara en una de las mayores transferencias de riquezas hacia lo alto en la historia de Estados Unidos.

Esos militantes buscan redefinir la clase obrera en términos que se relacionan menos con la industria y la producción que con la tecnología y los servicios, sea cual fuere el color de piel de los trabajadores asalariados. Esperan que, de este modo, las luchas de los docentes, enfermeros, empleadas domésticas y empleados gastronómicos ocupen un lugar tan digno y legítimo en la gesta socialista como los siderúrgicos, los mineros y los obreros, íconos proletarios de antaño, casi siempre blancos y casi siempre hombres.

Sin embargo, por el momento, los militantes demócratas más cercanos a la izquierda son, sobre todo, jóvenes provenientes de las clases medias que están tomando conciencia de su desclasamiento. ¿Su radicalismo político será suficiente para movilizar otras categorías sociales, que solían mostrarse receptivas a las luchas de Debs, pero que hoy se ven tentadas por la demagogia de Trump y que no viven en los mismos barrios, ciudades o regiones que los nuevos “socialistas” estadounidenses? γ

1. “New Day”, CNN, 16-4-19.

2. Frank Newport, “Democrats more positive about socialism than capitalism” y “The meaning of ‘socialism’ to Americans today”, Gallup, 13-8-18 y 4-10-18 respectivamente, https://news.gallup.com.

3. Véase, en particular, Seymour Martin Lipset y Gary Marks, It Didn’t Happen Here: Why Socialism Failed in the United States, Norton, Nueva York, 2000.

4. Werner Sombart, “¿Por qué no hay socialismo en Estados Unidos?”, Reis, N° 71, Madrid, 1995.

5. Louis Hartz, La tradición liberal en los Estados Unidos: Una interpretación del pensamiento político estadounidense desde la Guerra de Independencia, FCE, México, 1994 (1955).

6. Acerca de este tema, véase Edward Castleton, “Peut-on être socialiste aux États-Unis? Hier et aujourd’hui”, Cités, París, N° 43, 2010.

* Historiador, coautor del libro Quand les socialistes inventaient l’avenir, 1825-1860, La Découverte, París, 2015.

Traducción: Georgina Fraser