Aún no somos humanos completos

Escribió: ANA SHARIFE el 31 DE JULIO DE 2019

A menudo me pregunto si la maldad está presente en nuestra sociedad más que nunca, también cierta actitud pasiva respecto al padecimiento del otro, si el hombre de hoy sale de su casa con la sola idea de resolver a cualquier precio material o humano.

Begoña Soler, arqueóloga y conservadora del Museo de Prehistoria de Valencia, durante una visita al Museo y Parque Arqueológico Cueva Pintada (Gran Canaria), dio una conferencia bajo un título que me interesó: ¿Eran así las mujeres en la Prehistoria? En ella, la investigadora demostraba que la sociedad prehistórica era más igualitaria que la moderna. Al menos, por lo que respecta al reparto de tareas entre los hombres y las mujeres. Es decir, no hubo lucha de poder.

Sin embargo, de aquella conferencia lo que más llamó mi atención fue un rasgo absolutamente humano que conservamos desde que el hombre era Neandertal: el cuidado de los enfermos. “El hecho de que personas con grandes discapacidades físicas o intelectuales hayan sobrevivido a una edad adulta en un grupo significa que hay una parte de ese grupo que lo ha alimentado, lo ha cuidado”, describió. El bienestar común era importante.

El prehistoriador Eudald Carbonell dice que “todavía no somos humanos completos, que aún estamos evolucionando”. Es decir, seguimos siendo sapiens-sapiens, con las mismas capacidades intelectuales y físicas, lo único que cambia es la tecnología que usamos. 

Cuando pensamos en la Prehistoria, a nuestro imaginario colectivo nos vienen imágenes de hombres lanzado flechas y mujeres en las cuevas dando de amamantar a una cría. Una imagen que se ha repetido constantemente en los libros de texto, cuando el trabajo que las mujeres han realizado históricamente, mediante las actividades de mantenimiento, ha sido imprescindibles para el mantenimiento del grupo social. 

A juicio de la investigadora, “se ha desdeñado su actividad porque se ha medido bajo unos parámetros de valor de nuestra sociedad europea, occidental, capitalista y blanca, en los que el trabajo de las mujeres no era relevante. Por eso se representan sólo a los hombres cazadores, aunque el trabajo de las mujeres haya sido fundamental para la supervivencia”.

La sociedad prehistórica era más igualitaria que la moderna. “Ellas no sólo se ocupaban de los niños mientras eran muy pequeños, sino que también se dedicaban a la caza menor, a la pesca o a cultivar el campo, a recolectar, al procesado de los alimentos”. Diversos estudios señalan que precisamente eran las mujeres las que enseñaban a sus hijos las maneras de sobrevivir, recogiendo alimentos y cazando, pero “sin que eso significara desigualdad o subordinación, o que su rol fuese menos importante”.

¿Se podría decir que el hombre de la Prehistoria no era machista?, pregunté. “Nuestros parámetros de análisis son distintos a los de incluso una sociedad cazadora recolectora de la Oceanía actual o africana”, advirtió. “Estamos analizando las sociedades del pasado desde nuestros conceptos, y eso hay que tenerlo muy en cuenta. Tenemos que pararnos a pensar que su concepto del tiempo, de producción, de relación social es completamente distinto. Nosotros establecemos unas normas del presente para interpretar el pasado, e, incluso los objetos están sujetos a la interpretación subjetiva del investigador”.

Durante el Paleolítico la sociedad está fundamentalmente estructurada en un régimen económico de cazadores y recolectores en el que básicamente “no existe una distinción entre los sexos y se tiende al igualitarismo”, subrayó. Las mujeres acometían labores esenciales en el mantenimiento de sus sociedades y, al igual que los hombres, intervenían en todas las actividades propias de un grupo, desde las religiosas a las de caza. “Figuras y pinturas rupestres presentan a mujeres con armas, arcos y flechas. Los estudios etnográficos demuestran que lo extraño es encontrar una actividad que sólo acometan hombres o mujeres. No había una división del trabajo por sexos”.

Los hombres modernos llegaron a Europa procedentes de África hace unos 40.000 años y con ellos, en los siguientes 10.000, desapareció la especie Neandertal.  La concepción patriarcal de la familia se establece a partir de la Edad de Bronce, asistiendo a un dominio progresivo del hombre sobre los medios de producción. Hasta que esto sucede mujeres y hombres compartían las mismas labores.  Sin embargo, desde la Edad de Bronce hasta nuestros días, la mujer siempre estuvo relegada a un segundo plano. Tanto, que alguien dijo “la historia es muy aburrida, está llena de hombres que se matan y no dicen nada de mujeres".

Salí de la conferencia con la misma inquietud con la que entré. Con la idea de que todavía no somos humanos completos. Seguimos siendo sapiens-sapiens, pero en una sociedad donde las personas ponen su interés y bienestar por delante del bienestar común, y quizá, sólo quizá, son humanas completas las que se arrogan una responsabilidad personal respecto al mal, las que viven su diferencia desde una ambición del bien.

Recomiendo la lectura de La bondad insensata, de Gabriele Nissim (editorial Siruela). Un ensayo que aúna a todas las figuras que se han opuesto a los genocidios y a los totalitarismos de este extraño mundo. Humanos completos, quizá.