En barrios de Valparaíso nacen cordones territoriales de resistencia

Gloria Muñoz Ramírez /Especial para La Jornada | domingo, 22 dic 2019



Valparaíso, Chile. En los barrios de los cerros de Valparaíso, alejados del glamour turístico, de las lujosas casas de playa y de los centros de entretenimiento visitados por gente de todo el mundo, la gente se organiza por una asamblea constituyente “de verdad”, alejada de los pactos políticos convocados por un gobierno que carece de legitimidad y de partidos políticos que no los representan, explica Carolina Cabello Escudero, joven estudiante y trabajadora que forma parte de los nuevos cordones territoriales comunitarios, instancia de articulación entre distintas organizaciones y asambleas territoriales autoconvocadas que nacieron al calor del estallido social que se vive en Chile desde hace seis semanas.

Al auditorio al aire libre Osman Pérez Freire, en el cerro Mariposa, fueron llegando en marcha los pobladores que se concentraron en Marina Mercante, Pajonal, Sotomayor y Plaza Santa Margarita, en una actividad denominada «Del cerro al mar, tejiendo organización popular». La gente llega con sus hijos y bolsas de comida para compartir. Hasta con el perro cargan, sin faltar los instrumentos que no dejan de tocar. El ambiente es festivo, como de kermés o festival. La represión de los carabineros no es ajena para los jóvenes de cerros poblados por obreros, trabajadores portuarios y pescadores.

El convivio/asamblea se organiza en uno de los 45 cerros que componen Valparaíso, ciudad patrimonio de la humanidad declarada por la UNESCO en el 2003. La gentrificación de la ciudad se ve en cada callejón de los cerros Alegre y Concepción, eminentemente turísticos, pero los pobladores, señala Carolina, viven en «el abandono de las políticas públicas y de financiamientos privados considerables que se donan a la ciudad».

Las grandes concentraciones habitacionales están en los cerros que se han ido poblando a partir de las tomas territoriales, «porque acá no existe una política de vivienda ni de expansión urbana». Todo, explica la joven activista, «ha sido construido al pulso de los pobladores, de las pobladoras y de las organizaciones comunitarias en las que se agrupan».

De patrimonio de la humanidad «queremos convertirlo en patrimonio de la dignidad», dicen los participantes en esta asamblea popular, una de tantas que inundan el país desde que el pasado 18 de octubre se puso en jaque a la totalidad del Estado chileno. En los cerros, explica la gente, están los Centros de Salud Familiar (Cesfam) que tienen un sistema precario, listas de espera enormes y filas gigantescas desde las siete de la mañana donde citan principalmente a adultos mayores. Las escuelas públicas están en el abandono, cada vez hay menos matrícula y la infraestructura es menos que básica.

El alto nivel de politización es común. Todos y todas hablan con soltura de lo que el estallido destapó. Para Paulina Sánchez, «se está cuestionando el sistema desde lo más profundo. Hablamos de cómo el sistema impuesto mediante colonización y dictadura sólo se preocupa de las cosas materiales, de destruir la naturaleza y de mantenernos a nosotros deprimidos, enfermos, para no ser felices y seguir consumiendo».

Lo «más maravilloso», dice, «es que ni las movilizaciones ni las asambleas tienen cabeza. Nosotros tenemos demandas con nuestros vecinos, y la primera es ‘reencontrémonos’. Esto yo creo que no va a detenerse. Necesitamos ser fuertes, empoderarnos y saber qué es lo que queremos y cómo queremos vivir nuestra vida, nuestra educación, nuestra salud, nuestra alimentación. Para eso tenemos que encontrarnos con los vecinos, y eso es lo que estamos haciendo ahora».

Las pintorescas calles de Valparaíso lucen mural sobre mural, pinta sobre pinta. No hay callejón sin consigna. En esta ciudad se dieron los incendios más grandes los primeros días de la rebelión: el edificio de El Mercurio, el periódico de derecha, el Banco Estado, el supermercado Líder y varias farmacias que aquí son el símbolo de la enfermedad, del oprobio, del atropello a quien nadie tiene y una medicina le resulta inalcanzable.

Ahora, dice Pablo Mujica, hincha del Santiago Wanderers, el club deportivo de la ciudad de Valparaíso que no ha podido subir de categoría, «sabemos que todas las demandas pasan por la calle». Su equipo se quedó en la serie B del campeonato debido a la suspensión por el conflicto social y no pudo subir a la categoría A. Una enorme marcha se organiza por este motivo con los no pocos y frustrados seguidores

«Hoy la hinchada sale a reclamar esto, a protestar de forma pacífica, y se mezcla con el estilo de la manifestación del movimiento social de ahora. Vemos muchas banderas del pueblo mapuche, también una bandera de Chile negra de luto, y en general el canto contra el presidente Piñera, contra la policía, lo militares», explica el trabajador del deporte.

En días pasados los hinchas de los equipos de fútbol profesional, enemigos de siempre, hicieron a un lado su rivalidad y al ritmo de «El pueblo unido jamás será vencido» marcharon para terminar con las Sociedades Anónimas que «lucran con el deporte, transformando a los jugadores en mercancías transables al mejor postor».

Las poblaciones, otra cara de la protesta en Santiago

En La Legua, Villa Francia o La Victoria, barrios emblemáticos de la resistencia contra la dictadura pinochetista, se vive la organización todos los días con ollas populares, actividades culturales, asambleas, marchas y bloqueos en su zona o en contingentes que se unen a las movilizaciones del centro.

En las poblaciones son víctimas del abuso policial todos los días, los allanamientos, las balaceras entre grupos de narcotraficantes, el gatillo fácil de los carabineros, la violencia institucional generalizada. Para ellos y ellas no es nuevo el enfrentamiento con los carabineros. Y tampoco es nueva la organización.

En la escuela comunitaria Camilo Cienfuegos los jóvenes preparan actividades culturales para restablecer el tejido comunitario y construir una opción frente a las drogas. Los niños y niñas toman clases de danza y participan con sus números musicales en las marchas. Son pequeños de entre cinco y 12 años que conocen la historia de Gustavo Gatica, el joven universitario que perdió la vista de los dos ojos por disparos de goma de los carabineros.

Lo mismo se vive en La Legua, donde tienen un Centro Cultural autogestionado que suspendió actividades teatrales los primeros días de la revuelta, porque, anunciaron, “desconfiamos de las fuerzas represivas del Estado abusador. Suspendemos no porque queramos escondernos, sino porque queremos estar en las calles haciendo presencia, organizando rebeldemente nuestra indignación”. Reanudaron las actividades con charlas y asambleas en las que debaten el contenido de sus demandas. Y llevan dos meses sin parar.