El otro triángulo fatídico: Israel, Irán y Turquía

Escribió: Sungur Savran en En Defensa del Marxismo, revista del Partido Obrero, Argentina

 

Los estrepitosos acontecimientos puestos en marcha por la violenta toma, por parte de Israel, de la Mavi  Marmara, la nave de la flotilla de paz que desafiaba el bloqueo de Gaza, han arrojado una luz importante sobre la situación general en Medio Oriente.       Turquía se ha convertido en el protagonista principal de las fuerzas que apoyan la causa palestina. Esto es muy irónico, dado que el país ha sido un miembro leal de la Otan durante seis décadas y “el aliado más im-portante de Israel en el mundo musulmán” (New York Times, 31/5) durante el tiempo que uno puede recordar, y ha sido especialmente así en el período pos- Guerra Fría e incluso en el actual gobierno. Ahora, la bandera nacional turca compitió en todo el mundo por el orgullo de ocupar un lugar al lado de la bandera palestina en las manifestaciones de protesta por el bárbaro asesinato, por parte de    un comando israelí, de al menos nueve voluntarios a bordo de la Marmara, todas ellos ciudadanos turcos. De Estambul a Toronto, motivos islámicos también dominaron la mayoría de este tipo de protestas.      

Sungur Savran es editor del periódico Sici Mücadelesi (Lucha de los Trabajadores) en Estambul, Turquía.        

 

¿Qué hay detrás de este nuevo protagonismo turco-musulmán en el conflicto israelí-palestino y qué implica esto para el sistema de dominación imperialista en Medio Oriente en un futuro próximo?

Para dar una respuesta a esta pregunta, tenemos que poner sobre la mesa otra serie de acontecimientos inusuales: el embrollo entre Estados Unidos, por una parte, y la cooperación entre Turquía y Brasil, por otra, sobre la cuestión de las sanciones a Irán. Apenas una semana después del asalto israelí contra la flotilla humanitaria, el 8 de junio, se sometió a votación en el Consejo de Seguridad de la ONU una cuarta ronda de sanciones (reforzadas) a Irán y, quién lo iba a decir, Turquía y Brasil, miembros no permanentes del Consejo de Seguridad y dos aliados dóciles de Estados Unidos, votaron en contra (mientras que el único país árabe en el Consejo, el Líbano, se abstuvo).

Sólo tres semanas antes de eso, los mismos dos países, después de duras negociaciones en Teherán, habían firmado un acuerdo con Irán para un intercambio de uranio de bajo enriquecimiento iraní a cambio de uranio enriquecido para ser utilizado con fines médicos, algo sobre lo que los países occidentales no habían podido convencer a Irán el otoño anterior. Esto fue visto, como ciertamente lo fue, como una maniobra por parte de los dos países con el objetivo de posponer la discusión de una moción de Estados Unidos sobre una nueva ronda de sanciones en el Consejo de Seguridad. Así que una vez más nos encontramos con una pregunta similar: ¿Por qué esta diplomacia activa por parte de Turquía y Brasil que parecen ir contra la corriente de los esfuerzos de Estados Unidos para aislar a Irán?

 

¿Emergencia de una potencia regional o fundamentalismo islámico?

Hay por lo menos tres series de contradicciones que deben tomarse en cuenta al examinar las fuerzas detrás de esta nueva situación. La primera de ellas consiste en la dinámica de ascenso económico y político de Turquía como potencia regional que está en busca de un nuevo tipo de posición dentro de la constelación de fuerzas imperialistas. La segunda serie de contradicciones deriva de la contienda entre las tres potencias nucleares reales o potenciales del Medio Oriente (Israel, Irán y Turquía) y la postura de Estados Unidos sobre esta cuestión. El tercer aspecto deriva de las explosivas contradicciones de la política interna de Turquía. Tomemos estos tres factores uno por uno.

Turquía es el principal aliado, con la obvia excepción de Israel, del imperialismo norteamericano en Medio Oriente. También es candidato a acceder a la Unión Europea, después de participar en negociaciones durante los últimos cinco años, aunque las relaciones se han agriado recientemente entre las dos partes debido a la reticencia explícita de los gobiernos de Sarkozy y Merkel de llevar a cabo el proceso. El país está gobernado por la clase capitalista más sofisticada y bien organizada del Medio Oriente. Ejerce la capacidad industrial de producción más avanzada entre estos países y ha aumentado sus exportaciones de alrededor de 30 mil millones de dólares a principios de esta década a más de 130 mil millones en 2008, antes del inicio de la crisis económica mundial. Además, el 90 por ciento de sus exportaciones son bienes industriales, cada vez más en sectores como la industria automotriz. Se ha convertido en muy poco tiempo en un importante receptor de inversión extranjera directa: muchas empresas multinacionales, desde Microsoft a Coca Cola, han hecho de Estambul su sede para Europa del Este, Eurasia, Medio Oriente y Africa del Norte.

Turquía ahora está buscando convertirse en un centro financiero y un centro de arbitraje de negocios para todo el mundo árabe, el Cáucaso, Asia Central y los Balcanes. Sumamos a esto el hecho de que tiene el ejército más grande en la Otan, segundo después del de Estados Unidos, lo que lo coloca entre las tres principales potencias militares de Eurasia, junto con Rusia e Israel.

Es sobre la base de este creciente peso económico y militar que los gobiernos de Turquía, desde hace tiempo, pretenden convertirse en una potencia regional. Fue bajo Turgut Ozal –un firme aliado de Occidente y, en particular, de Estados Unidos, además de ser el fundador del Partido de la Madre Patria (Anavatan

Partisi)- que Turquía comenzó a aventurarse en una política pan-turco y neo-otomanista, llegando a la conclusión de que el colapso de la Unión Soviética significó una nueva era de oportunidades a favor de Turquía.

Un producto singular de esta nueva orientación dentro de las filas de la burguesía turca ha sido la proliferación mundial de una red de escuelas creada por una congregación religiosa inmensamente poderosa, liderada por un carismático Imam Fethullah Gülen, no sólo en países de mayoría musulmana, sino también en rincones inverosímiles del mundo como América Latina y el Lejano Oriente. Fethullah Gülen no está comprometido con ningún partido político en particular, pero últimamente ha apoyado el gobierno del AKP (Partido de Justicia y Desarrollo - Adalet he Kalkinma Partisi) y tiene discípulos en el ejército de parlamentarios del AKP e incluso dentro del Consejo de Ministros. El mismo reside en los Estados Unidos por temor a ser perseguido por el sistema secular turco.

El gobierno del AKP ha heredado la orientación de Ozal y la ha reforzado a través de una política exterior inmensamente activa que, a veces, da virajes en direcciones sustancialmente independientes -incluso en contra de la política exterior norteamericana.

El hecho de que el partido gobernante provenga de una formación islámica ha suscitado una controversia dentro de los círculos gobernantes del país y en los establishments de Estados Unidos y de la UE en cuanto a si esta nueva política exterior implica un “cambio de eje”, es decir si el gobierno se está alejando de la política exterior pro-occidental firmemente arraigada en el ala tradicional de la burguesía turca y yendo a vínculos más estrechos con el mundo islámico. La respuesta a esta pregunta es de gran importancia, ya que el gobierno formado a finales de 1990 por el predecesor más fundamentalista islámico de este partido moderadamente islámico, el Partido del Bienestar -Refah Partisi (PR)- del primer ministro Necmetten Erbakan, fue derrocado por una alianza de los militares turcos, el ala pro-occidental de la burguesía y el imperialismo norteamericano a través de la intervención militar más descarada.

Nuestra caracterización de la situación es que el gobierno del AKP está procurando, en forma simultánea, satisfacer las nuevas necesidades de expansión de la burguesía turca y convertirse, a la vez, en una potencia regional a fin de negociar mejor con Estados Unidos y, en particular, con la Unión Europea.

En otras palabras, la explicación simplista conjurada por los islamofóbicos tanto de Occidente como de la propia Turquía -la idea que el AKP finalmente está revelando su carácter fundamentalista islámico- es falsa. La alianza con Brasil no se limita a la cuestión de Irán, sino que se extiende a través de una amplia gama de áreas tanto económicas como políticas.

Parece que estas dos potencias medianas emergentes están tratando de lograr un nivel de influencia comparable a la de Rusia y la India (si no de China) sobre la base de una alianza más estrecha.

Sin embargo, ciertos factores objetivos complican la situación. Por una parte, si Turquía quiere convertirse en una potencia regional, lo cual necesariamente implica abrir un diálogo en primer lugar con los países islámicos -de los que no faltan en los alrededores Turquía, no sólo en el Medio Oriente y Africa del Norte, sino también en los Balcanes, el Cáucaso y Asia Central.

Al establecer relaciones con los países de mayoría musulmana, el AKP tiene una ventaja natural sobre sus rivales más seculares en la política interna de Turquía, que por supuesto plantean ciertas reacciones paranoides de islamofóbos de todo tipo. Incluso más importante que esto es el hecho de que el ascenso

de Turquía en Oriente Medio ha coincidido con dos acontecimientos de sustancial importancia: el conflicto en torno a los esfuerzos nucleares iraníes y el ascenso de Hamas como un factor muy polémico en el drama israelí/palestino.

Estos nos llevan a la segunda serie de contradicciones antes mencionadas.

Turquía: entre Israel e Irán

No debería ser necesario profundizar en detalle en la serie de contradicciones entre Israel e Irán que hacen que la hostilidad entre estos dos países sea la cuestión más candente de Medio Oriente en la actualidad. La posición especial de Turquía con relación a ese empate es lo que complica la naturaleza de la nueva política exterior turca. Turquía es, o al menos solía ser, el aliado más confiable de Israel, así como de Estados Unidos, en el mundo musulmán. Uno esperaría que Turquía se dejara llevar por la política de Estados Unidos hacia Irán, aunque con la prudencia que se esperaría, naturalmente, respecto a un país vecino tan poderoso.

Sin embargo, la presión estadounidense-israelí contra Irán por sus supuestos esfuerzos nucleares en curso paradójicamente ha significado un tiro por elevación contra Israel al sacar, al menos desde el punto de vista de Turquía, la cuestión de las armas nucleares (no reconocidas) de Israel a plena luz. El gobierno turco insiste ahora en un Medio Oriente desnuclearizado y, desde el momento en que, cualesquiera sean sus verdaderas intenciones, Irán, a diferencia de Israel, aún no despliega armas nucleares, esta política implica concentrar la atención de la región y el mundo sobre la capacidad nuclear de Israel en lugar de la capacidad de armar nucleares atribuida a Irán.

Irónicamente, Turquía es el único país en Medio Oriente, además de Israel, que mantiene (hasta ahora no reconocido en este caso también) armas nucleares en su territorio, aunque estas ojivas tácticas pertenecen a Estados Unidos y se colocaron en Turquía durante la Guerra Fría como un elemento de disuasión

a la Unión Soviética. Con todo, lo que estamos presenciando en la relación triangular entre Turquía, Irán e Israel es el esfuerzo de cada uno de estos países por adquirir ventaja por su peso nuclear en Medio Oriente.

Es sobre la cuestión de Palestina, y en particular la situación de Gaza, que el carácter semi-islámico del AKP ingresa en la ecuación. Desde que Hamas fue elegido con una victoria aplastante en enero de 2006 para gobernar el Consejo Legislativo Palestino (y eventualmente quedó aislado en Gaza), el AKP ha seguido una política que diverge ampliamente tanto de la de Estados Unidos como de la de la Unión Europea (y del llamado Cuarteto que también incluye a Rusia y la ONU). Esta política también se aparta de la que habría sido seguida por los partidos laicos rabiosamente pro-occidentales e islamofóbicos de Turquía. La alianza occidental califica a Hamas como una organización terrorista y rechaza el contacto con él en tanto se niege a: a) renunciar a la violencia contra Israel; b) reconocer el derecho de existencia del Israel sionista, y c) acatar los acuerdos de Oslo.

El AKP, en cambio, invitó a funcionarios de Hamas a Ankara para reunirse a raíz de las elecciones en 2006, una iniciativa severamente criticada por Israel y Estados Unidos.

Cuando Israel atacó a Gaza en diciembre de 2008, el gobierno turco se enfrentó a esta acción sin ambigüedad. Durante un debate en el Foro Económico Mundial en Davos, finalizada esta guerra a finales de enero de 2009, el primer ministro turco, Tayyip Erdogan, atacó ferozmente al presidente israelí, Shimon

Peres, en un incidente que cautivó al público árabe y lo convirtió en un héroe a los ojos de masas árabes. Ejercicios militares conjuntos, que se habían llevado a cabo por muchos años, fueron cancelados más tarde por Turquía. El incidente Mavi Marmara es, por lo tanto, sólo el último drama de la larga agonía de la amistad turco-israelí.

Esto plantea claramente la cuestión de si, desde el punto de vista de los intereses norteamericanos, el AKP es apto para gobernar un país con el que Estados Unidos tiene, en palabras de Obama, una “alianza modelo.” No es, por supuesto, ningún secreto que el AKP tiene todavía algunas de las marcas de sus  orígenes islámicos. El primer test serio de la utilidad del partido para Estados Unidos tuvo lugar en marzo del 2003, cuando decenas de parlamentarios del AKP bloquearon una moción del gobierno que establecía la utilización del territorio turco por parte Estados Unidos en su ataque contra Irak. Esto agrió las relaciones entre los dos aliados durante años y años.

Después de haber denegado su complicidad en la guerra de Estados Unidos contra el régimen secular de Saddam, los elementos más islámicos del AKP bien pueden resistir, en el caso  de Irán, el lanzamiento de una guerra contra un país que se autotitula “República Islámica”.

La oposición secular en Turquía utiliza esta perspectiva y las simpatías del AKP por Hamas para introducir una cuña entre la administración de Estados Unidos y el gobierno del AKP. Incluso se puede especular sobre si Estados Unidos no le ha dado la espalda al gobierno de Erdogan, apoyando al importante partido secular de centroizquierda (el Partido Republicano Popular-Cumhuriyet Halk Partisi) para las elecciones generales, que se celebrarán a más tardar dentro de un año. Este tipo de apoyo es incluso más probable ahora que, por primera vez desde que el AKP llegó al poder en 2002, el centro izquierda tiene alguna posibilidad de superarlo en las urnas. El nuevo líder del centroizquierda, Kemal Kilicdaroglu, utiliza la retórica populista de abordar las cuestiones de la pobreza, el desempleo y la corrupción -caras al corazón de las masas- en lugar de apelar a la lengua de madera de la anterior líder, Deniz Baykal, que masticaba sin cesar sobre la laicidad y la supervivencia de la república, temas de interés únicamente para las clases medias altas y su público querido, las fuerzas armadas.

Guerra civil política

Esto nos lleva a un tercer nivel de contradicciones. Las implicaciones internacionales de la nueva política exterior de Turquía se entrelazan con las luchas internas entre los dos campos principales gobernantes de la política turca. Hemos explicado muchas veces en nuestros escritos anteriores que el conflicto político en curso entre el gobierno del AKP, por una parte, y la amplia gama de fuerzas seculares (en primer lugar, el ejército turco) por otra, es una expresión, por sobre todas las cosas, de una lucha entre dos fracciones de la burguesía sobre el reparto del plusvalor y el poder político.

El ala más tradicional y arraigada de la burguesía turca, que es pro-occidental y secular con estilo propio, se niega rotundamente a considerar cualquier intento de alejar a Turquía del Occidente, aun marginalmente. Esta ala debe su origen a los parámetros de occidentalización de la “república kemalista” (de Kemal Atatürk, el fundador de la república turca sobre las ruinas del Imperio Otomano en 1923). A diferencia de esta fracción, una nueva ala de la burguesía ha emergido en el último cuarto de siglo y está compitiendo por el poder, ahora a través del AKP. No parece haber una solución fácil a las luchas intestinas de la burguesía, un conflicto que hemos estado llamando “la guerra civil política de la burguesía turca” desde hace muchos años.

Las nuevas líneas de fractura de la política exterior turca interactúan con esta división de la burguesía en la vida política interna y económica. Ambas alas de la burguesía están interesadas en la internacionalización de los circuitos del capital hacia el este, así como por extender su influencia política y económica hacia los Estados circundantes. Pero como el Islam es la ortodoxia imperante religiosa en estos países, el ala pro-occidental tiene un miedo mortal a que esta política pueda llevar, en el marco del AKP semi-islamista, a eliminar el ancla occidental y apoyarse exclusivamente en una islamista. El gobierno del AKP ha sido objeto de ataques feroces por los ideólogos de la burguesía pro-occidental, tanto por su actuación en el asunto de la flotilla, como por su posición en la votación del Consejo de Seguridad sobre Irán. En cuanto a las masas, estas medidas del gobierno del AKP son inmensamente populares, especialmente pero no exclusivamente, en el electorado proislámico del AKP.

La interacción entre la política nacional e internacional puede dar lugar a muchas complicaciones. Cuanto más popular se convierte Erdogan a los ojos de las masas populares (tanto turcas como árabes) gracias a su enfrentamiento resuelto con Israel, más difícil es sacarlo del poder y más histéricos se vuelven sus rivales burgueses pro-occidentales. Sin embargo, hay que tener muy en cuenta la oposición del AKP en la política interna, que es una carta importante en la manga de Estados Unidos, si la política exterior del AKP se convierte, en cierto momento, en una carga real sobre los intereses de norteamericanos.

¿Qué política internacionalista deben desenvolver los socialistas?

No hay un camino fácil para los socialistas en esta situación complicada. Cualquier posición aceptable debería evitar ser la Caribdis de un seguidismo al movimiento islámico y la Escila de la capitulación ante el imperialismo, con el pretexto de la lucha contra el fanatismo religioso. Un enfoque matizado respecto a este complejo campo de fuerzas políticas necesita, por otra parte, combinarse con el apoyo principista al pueblo oprimido de Palestina.

Lo primero que hay que señalar es que aunque la izquierda  debería, por supuesto, ser enemiga jurada de las armas nucleares, no hay ninguna lógica en negar las armas nucleares a Irán cuando Israel manifiestamente posee capacidad nuclear (dejando a un lado, por el momento, la cuestión del desarme nuclear total). Un Medio Oriente no nuclear, como un paso hacia un mundo libre de armas nucleares, es la única política que puede ser concretamente contrapuesta a la política agresiva injustificada hacia Irán, seguida por las potencias occidentales en alianza con Israel. Debe quedar claro que esto significa no sólo la plena rendición de cuentas por parte de Israel y la destrucción de su arsenal nuclear, sino también la supresión de las ojivas tácticas de la Otan y Estados Unidos en el territorio de Turquía y el cierre de las bases norteamericanas en ese país.

Está lejos de haber sido demostrado que Irán busca desarrollar armas nucleares y, dada su trayectoria en Irak, se puede sospechar legítimamente que Estados Unidos pretende un cambio de régimen en Irán bajo el pretexto de tratar de detener la proliferación nuclear. Irán invariablemente debe ser defendido contra Estados Unidos y/o de una agresión israelí. Esto no tiene nada que ver con defender el régimen fundamentalista iraní contra la oposición en ese país. Y, en todo caso, se espera que cualquier oposición digna de apoyo para los socialistas, en Turquía o en cualquier otro lugar, enfrente una agresión imperialista contra Irán.

En segundo lugar, la solidaridad internacionalista con un pueblo oprimido no debería basarse en la aprobación, por parte de los socialistas, de la naturaleza política del movimiento que lidera la lucha de ese pueblo oprimido. No es por ser organizaciones islámicas que Hamas (o Hezbollah en el Líbano) tienen el apoyo masivo de los pueblos, en cada caso. Se debe a que defienden, armas en mano, a su pueblo de la agresión colonialista y de la ocupación. Volver la espalda al pueblo de Gaza con el pretexto de que Hamas es un defensor del fundamentalismo religioso es abdicar del deber internacionalista.

La defensa de los derechos del pueblo palestino -que van desde los más simples, como la demanda del levantamiento del bloqueo sobre Gaza, hasta formas más acabadas, como la libre determinación y el derecho de retorno (‘Awda’)- es una tarea fundamental del movimiento internacional, con independencia

de la naturaleza política e ideológica de los dirigentes palestinos. Una tarea subsidiaria del socialismo internacional debe ser apoyar a las tendencias que, dentro de la izquierda palestina, trabajan hacia una ruptura política con la dirección de la OLP, ya que esta organización ha -probablemente en forma irreversible- descendido al colaboracionismo con el imperialismo y con Israel.

En tercer lugar, debe quedar claro que el movimiento islámico no puede lograr la emancipación del pueblo palestino. Más concretamente en la coyuntura actual, debemos dejar en claro a las masas, tanto si estamos luchando en Palestina como en otros países musulmanes o en otro lugar del mundo, que el gobierno del AKP en Turquía y Erdogan no son sus salvadores.

Es cierto que un movimiento islámico de base que no tiene en cuenta las sutilezas de la diplomacia imperialista desafía gravemente el trato que reciben los palestinos a manos de Israel.

El IHH (Insan Hak he Hürriyetleri he insani Yardim Vakfi – la Fundación para los Derechos Humanos y las Libertades y Ayuda Humanitaria), una fundación humanitaria más bien enigmática y principal organizadora de la flotilla, probablemente movilizaba a gente de dicha orientación.

El AKP, sin embargo, no es en absoluto un partido controlado por gente de organizaciones de base de este tipo. Por el contrario, el AKP es un partido de una fracción en ascenso de la burguesía con una orientación islamista: se encuentra atado, de pies y manos, al sistema capitalista a nivel nacional y al imperialismo internacionalmente. En efecto, es precisamente este carácter contradictorio de la AKP, dividido como está entre una base empeñada en cuestionar el statu quo imperialista y una dirección burguesa que estructuralmente no está dispuesta a romperlo, lo que explica la votación en el parlamento en marzo de 2003, que tuvo un impacto importante sobre la guerra de Irak y el conflicto con Israel.

Presentar a Erdogan como un salvador de las masas palestinas es no tener en cuenta una serie de contradicciones que mantienen como rehén a su gobierno con el statu quo de Medio Oriente. La primera y más evidente es la total hipocresía del AKP cuando se trata de la cuestión kurda. El marco histórico de las cuestiones palestinas y kurdas difieren considerablemente, pero existe una similitud en la forma en que están sometidos a la opresión nacional, por parte de Israel y Turquía, respectivamente (aunque en el caso de los kurdos, existe un factor adicional que es la fragmentación de este pueblo entre muchos Estados del Medio Oriente). Defender los derechos de los palestinos y negar a la vez a los kurdos sus derechos más elementales es una contradicción en el sentido más simple del término -y esto es exactamente lo que el gobierno del AKP está haciendo.

Erdogan ha salido recientemente a declarar que, tras haber obtenido una victoria aplastante en las elecciones, Hamas no puede ser considerada como una organización terorrista, ¡olvidándose de que el brazo legal del movimiento kurdo recibe más de dos tercios de los votos en las urnas en un buen número de provincias kurdas! El tan cacareado “intento de acercamiento kurdo” o “apertura” lanzada por el gobierno del AKP el otoño pasado (y abruptamente abandonado pocos meses después) no llegó a ser más que un intento de liquidación de la influencia sobre los kurdos de Turquía por parte del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán - Partiya Karkeren Kurdistán) a cambio de reformas simbólicas. Dada la hegemonía de ese partido, terminó siendo un fracaso total.

Existe, luego, el hecho de que el gobierno del AKP no tiene ninguna intención de romper con el sistema imperialista, sino que en realidad ofrece sus servicios a este sistema a través de la hegemonía nueva que está tratando de establecer sobre el mundo islámico y, más concretamente, árabe. Sólo unos días después del asalto israelí contra la flotilla, los días 8 y 9 de junio, los ministros de Relaciones Exteriores y otros varios de 22 países árabes se reunieron en Estambul para sendas reuniones paralelas del Foro de Cooperación Económica de la comunidad turco-árabe y el Foro Económico turco-árabe, para recibir sermones sobre las virtudes del neoliberalismo, la privatización, la integración con el capitalismo occidental y la flexibilidad en el mercado de trabajo nada menos que de parte de Erdogan y sus ministros de Relaciones Exteriores y de Economía. Erdogan -co-presidente junto con el primer ministro español de la llamada Alianza de Civilizaciones, un producto de la era Bush- actúa en la práctica como un caballo de Troya del imperialismo en el mundo árabe.

La atracción que Turquía ofrece económicamente a otros países musulmanes proviene en gran medida de su relación con la Unión Europea. Esta es una relación muy avanzada debido al acuerdo de unión aduanera en vigor entre la Unión Europea y Turquía durante los últimos quince años. No cabe

duda de que una defensa coherente de los derechos de los palestinos exige la confrontación a gran escala con Israel y, por lo tanto, Estados Unidos. Si las escaramuzas de Turquía con Israel hasta la fecha han ocurrido sin levantar las iras de la administración norteamericana, esto es sólo porque el gobierno

de Obama se está enfrentado con el actual gobierno israelí sobre el llamado proceso de paz. Sin embargo, está probablemente a punto de cambiar: todo un arco de grupos de presión, desde el think-tank sionista Jinsa al establishment neoconservador, ha comenzado a bombardear a la administración de Obama para que rompa relaciones con Turquía. Esto ha incluido una petición tan descabellada, dado su arraigo en Turquía y viceversa, como el desalojo de Turquía de las estructuras de seguridad de la Otan. Es muy poco probable que las cosas vayan a ir tan lejos, pero un cambio de mentalidad por parte de la administración de Obama es probable.

Por lo tanto, es evidente que el gobierno de Erdogan no es apto, por su carácter, para una defensa a gran escala de los derechos palestinos. Pero incluso si el mismo Erdogan y sus copensadores estuvieran dispuestos a romper por completo con Israel y, por lo tanto, con Estados Unidos, la naturaleza del movimiento

islamista en Turquía no les permitiría seguir adelante.

En una movida de extrema importancia, Fethullah Gülen, el líder de la congregación religiosa que se ha aludido más arriba, habló con el Wall Street Journal días después del asalto israelí a la flotilla. Gülen condenó en bloque al proyecto de la Flotilla de la Libertad y defendió el derecho de Israel a decidir qué bienes se deben permitir entrar a Gaza. Llegó a criticar la actitud de “desafiar a la autoridad” por parte de los actores turcos en el drama (todo esto en un periódico controlado por enemigos jurados de la AKP en el “establishment” de Estados Unidos). Las declaraciones de Gülen cayeron como una ducha de agua fría para los islamistas de todo tipo en Turquía, y dan a entender claramente que aquel retirará su apoyo al AKP si Erdogan y sus co-pensadores llegan a optar por una ruptura con Israel y con Estados Unidos. Esto, con toda probabilidad, reduciría el AKP a una sombra de lo que fue.

Existe, por último, el hecho indiscutible de que una abrumadora mayoría de los gobiernos árabes con los que Erdogan está planeando trabajar en condiciones cada vez más cercanas, desde la dictadura secular egipcia de Hosni Mubarak (cómplice en el bloqueo de Gaza) hasta los fundamentalistas medievales de Arabia Saudita, durante décadas han permanecido sordos a la situación de los palestinos, simplemente porque son seguidores serviles de Estados Unidos, su gran benefactor. El gobierno del AKP es plenamente consciente de esta situación: uno de los ministros de Erdogan ha registrado en público que incluso el Papa Benedicto XVI mostró mayor sensibilidad frente al incidente del Mavi Marmara que muchos gobiernos árabes.

Solidaridad con Gaza y la izquierda

La conclusión que corresponde extraer es clara. Es el movimiento socialista internacional el que tiene la responsabilidad de construir un frente contra la opresión israelí a los palestinos, empezando por la lucha contra el bloqueo de Gaza. El asunto de la flotilla ha creado un momento muy adecuado para ello.

Israel probablemente nunca ha estado tan aislada y tan severamente condenada entre las masas del mundo. Una cuestión es apelar al movimiento de la clase obrera internacional para  fomentar la solidaridad con el pueblo palestino. El ejemplo del sindicato sueco de trabajadores portuarios, que se negó a cargar o descargar mercancías desde y hacia Israel durante un período de unos diez días después del incidente del Mavi Marmara, es una propuesta bienvenida. También lo son las numerosas campañas de boicot, desinversión y aplicación de sanciones que han sido respaldadas por los sindicatos en el Sudáfrica,

Canadá, Francia, Gran Bretaña y otros lugares. Estas iniciativas deben multiplicarse y ser llevadas a cabo en forma sistemática.

El movimiento socialista debe también trabajar mano a mano con los movimientos de derechos democráticos y humanos para organizar un movimiento de solidaridad internacional más independiente y unitario, sin negarse a colaborar con los movimientos de caridad islámicos cuando se trata de emprendimientos

del tipo de la Flotilla de la Libertad. No debemos olvidar ni dejar que nadie diluya el hecho de que la flotilla no era un asunto exclusivamente islámico y que había a bordo de los buques de la flota, incluyendo el Mavi Marmara, clérigos de otras religiones de Medio Oriente, representantes seculares de los movimientos democráticos y, sobre todo, socialistas y revolucionarios de todo el mundo.

La solidaridad internacional tiene que continuar hasta que la brutal opresión del pueblo palestino llegue a su fin. El movimiento por la emancipación de los palestinos tendrá que recuperar de las cenizas de la historia la cuestión de un Estado democrático y laico en el territorio histórico de Palestina. Un resurgimiento del internacionalismo para el movimiento de izquierda de la región también traerá a la orden del día la visión de una Federación Socialista del Medio Oriente, que requiere de una lucha para construir las fuerzas políticas necesarias para tal proyecto. Este es el contexto capaz de conducir a la emancipación de la población kurda del yugo de un siglo de Turquía, Irak, Irán y Siria. En este momento político, en Turquía y en Medio Oriente, estas luchas se están interconectando más que nunca con el destino de la izquierda internacional y sus propias perspectivas de avance político.