Trotsky, a modo de balance. Guillermo Almeyra

 

León Trotsky, asesinado hace 70 años en México, fue para la izquierda el hombre más importante del siglo pasado y es hoy el único que sigue siendo indispensable para comprender aspectos fundamentales de la realidad de este siglo. En efecto, Stalin enterró la obra de Lenin, salvó al capitalismo mundial, vacunó a pueblos enteros contra la idea del socialismo y condujo al derrumbe inglorioso de la Unión Soviética y de los países socialistas de Europa oriental, mientras Mao, en quien muchos depositaron tantas esperanzas, condujo por su parte a la construcción de un partido que no sólo no es anticapitalista sino que cuenta con miles de millonarios en dólares en su seno y que se dedica a edificar a toda marcha un país capitalista basado en la terrible explotación de la naturaleza y de la mano de obra.

Trotsky, como todos los grandes hombres, tuvo grandes defectos y también errores de gran magnitud y trascendencia. Con Lenin, por ejemplo, reprimió a los marineros anarquistas de Kronstadt e ilegalizó sucesivamente a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques de izquierda, que habían apoyado la revolución de octubre y formaban parte del gobierno y de los soviets (consejos obreros). Después votó la supresión de fracciones en el partido, lo cual sentó las bases para su transformación en un partido único identificado con un Estado heredado del zarismo, burocrático y jerárquico, y así abrió involuntariamente el camino a Stalin. La invasión extranjera y la guerra civil tuvieron para él prioridad sobre la construcción de una conciencia socialista y junto con Lenin puso al partido por sobre la clase obrera, sustituyéndola y sometiéndola al aplastar a la oposición obrera en el partido. Creyó en los años 20 que el partido podía representar a toda la clase obrera, desconociendo la pluralidad de ésta, y que podría dirigirla, dejando así de lado la necesidad de ganar democráticamente consenso para construir el socialismo pues éste no es obra de un partido sino de los trabajadores mismos. Por último, no le hizo caso a Lenin, que le proponía combatir conjuntamente a Stalin y concilió con éste y después también con Zinoviev y Kamenev que habían entronizado y servido a Stalin y volvieron a capitular ante el mismo.

Mientras Lenin era una flecha tendida hacia el objetivo colectivo, Trotsky, que no era un constructor de partidos sino un pensador revolucionario, tenía demasiado en cuenta su personalidad y estaba demasiado convencido de su superioridad intelectual. Eso le llevó, creyendo vencer, a aceptar la lucha impuesta por Stalin y Zinoviev sobre quién era más fiel al legado de Lenin, y esa larga defensa de la ortodoxia leninista demoró su comprobación de que el partido de Lenin había desaparecido irremediablemente y que era ya imposible reformarlo.

Trotsky igualmente no pudo apreciar en toda su magnitud el daño irreparable causado a la conciencia de los obreros de todo el mundo por las tremendas derrotas de los años 20 y 30 sufridas debido a la política de Stalin y de los partidos estalinistas, así como por la calificación de socialista a un régimen burocrático totalitario. Por eso, aunque previó ya en 1936 la posibilidad de la desaparición de la Unión Soviética a menos que hubiera una nueva revolución socialista, excluyó de su análisis sobre ésta la inexistencia en la URSS de los núcleos revolucionarios capaces de dirigirla, todos los cuales estaban siendo asesinados en los campos de exterminio.

La grandeza de Trotsky y su papel indispensable, su legado teórico, vendrán sobre todo del profeta desarmado, aunque ya había demostrado, con su teoría sobre la revolución permanente, que la lucha por la democracia se une indisolublemente con las tareas anticapitalistas. Porque mantuvo el internacionalismo frente al nacionalismo contrarrevolucionario de Stalin y luchó desde los años 20 por la democratización de la vida interna del partido y del Estado y por la separación entre ambos. Porque planteó lúcidamente la necesidad de desarrollar las sucesivas ocasiones revolucionarias, como la revolución china o la de España. Porque, con su teoría sobre el desarrollo desigual y combinado, armó posteriormente a otros como René Zavaleta Mercado, en la comprensión de que el capitalismo no sólo convive con formaciones precapitalistas sino que las subsume en un todo único y contradictorio, lo cual obliga a reconocer las diversidades para para buscar una unidad dinámica y cambiante de ellas en el proceso revolucionario. Trotsky fue también quien analizó los gobiernos bonapartistas en los países dependientes dando la clave para evitar calificaciones vacías y tontas como el populismo o la búsqueda eterna de en qué consiste el progresismo de los gobiernos que se oponen al imperialismo.

Sin el análisis de Trotsky sobre la burocracia soviética y las burocracias en general en los períodos de transición es igualmente imposible comprender lo que pasa en los gobiernos revolucionarios. Y sin su énfasis en la independencia política de la clase obrera, aunque sea en un partido obrero basado en los sindicatos que favorezca la evolución política de los trabajadores y sin el énfasis que puso en la construcción de un núcleo en torno a principios sólidos y a una visión internacional, no se puede preservar nada fundamental del legado de Marx y de Lenin. Por consiguiente, no se puede leer y conservar a Trotsky religiosamente como hacen los fieles con sus libros sagrados y, evidentemente, León Trotsky no es responsable de la decena de grupos que lo caricaturizan.

Trotsky fue un pensador crítico, aunque no siempre suficientemente autocrítico, y partía siempre de las modificaciones y contradicciones en la realidad, no de una teoría preconcebida. Para él, que exigía rigor teórico, también el árbol de la vida es verde y el de la teoría es gris. Por eso Trotsky vive y sus asesinos fracasaron en su intento de acallar su pensamiento.