70 años del asesinato de Trotsky. Un homenaje antidogmático

Escribió: Jorge Guidobono en Bandera Roja Nº 17, Liga Socialista Revolucionaria, Argentina, el 14/8/1995)

 

Desde hace años, podríamos decir simbólicamente que desde  la caída del Muro de Berlín, se ha abierto una aguda crisis en el marxismo, cuya magnitud excede amplia mente esta nota, y que viene teniendo serias consecuencias entre quienes nos reivindicamos marxistas, leninistas y, naturalmente, trotskistas.

Como siempre, en las crisis del marxismo, las dos reacciones simétricas que aparecen son el dogmatismo y el intento oportunista de tirar la herencia teórica por la borda.

Unos quieren encajar la realidad en los dichos de “los clásicos y otros pre ten den adjudicarles [a los clásicos] la responsabilidad de la crisis. Un marxista que pretenda encontrar en los textos de Marx, Engels, Lenin o Trotsky to das las respuestas para los problemas que presenta la realidad día a día, es un mal marxista, o una especie de religioso ateo. Los textos de los clásicos no constituyen una “biblia pagana” si no una base teórica, un método y una guía que no puede colocarse por encima de las condiciones materiales en que se escribieron esas obras y de las grande zas y limitaciones de los hombres que las realizaron. Sería ab surdo criticar a Marx o Engels por no haber teorizado sobre el fenómeno incipiente del imperialismo.

O adjudicar la política frente populista de conciliación de clases practicada por el stalinismo (y, subrepticiamente, por amplios sectores del trotskismo) como un sub producto natural de las Tesis sobre el Frente Unico Antimperialista, o “Tesis de Oriente”, escritas por Lenin en 1922. Afirmo esto aun cuando, personalmente, haya demorado numerosos años en llegar a la conclusión de que son global mente equivocadas, y mucho más si se las saca del contexto de 1922 (de cerco, aislamiento y penurias en que las escribió el más gran de revolucionario del siglo XX). Sin embargo, aunque esas tesis fue ron utilizadas como “cobertura ideológica”, o taparrabos de los epígonos oportunistas, no son ellas las que explican la política oportunista del último medio siglo… o habría que renunciar a la crítica de Marx a Hegel, y volver a “la idea”, y no a la existencia como fuente básica de la conciencia.

Con la obra de Trotsky, ocurre algo similar. Las catástrofes que vivimos los trotskistas duran te más de medio siglo, no encuentran su explicación en tal o cual cita o texto erróneo de Trotsky. Esto no equivale a decir que su obra no deba ser analiza da críticamente; máxime cuando contamos hoy con posibilidades de información cualitativamente superiores a las de su tiempo, y no estamos en las condiciones de contrarrevolución y aislamiento en que él desarrolló su producción en la última década de su vida.

En esta nota de homenaje, queremos resaltar los que nos parecen dos aspectos centrales legados por Trotsky: 1) la Teoría de la Revolución Permanente; 2) la fundación de la IV Internacional.

La Teoría de la Revolución Permanente salió airosa después de 90 años de su formulación inicial y a 65 años de su estructuración definitiva. La bancarrota del mal llamado “socialismo real” significó la comprobación empírica del fracaso de la utopía reaccionaria del “socialismo en un solo país” y reafirmó la tesis central de Marx y Lenin –que Trotsky defendió contra la corriente–: el socialismo es imposible sin el triunfo de la revolución socialista en los principales países imperialistas y capitalistas. No se trata de “socializar la miseria”, si no de salir de la prehistoria y entrar al reino de la abundancia, poniendo al servicio de la humanidad el colosal desarrollo de fuer zas pro ductivas operado bajo el capitalismo, que hoy está al servicio de la ganancia. Desde hace ya muchos años –en particular, en el último lustro– se demostró categóricamente la imposibilidad de construir una “isla socialista” en un océano capitalista, y el carácter reacciona rio de tal utopía. El segundo elemento de la revolución permanente (la imposibilidad histórica de las burguesías nacionales de realizar la liberación nacional y la revolución agraria en los países semicoloniales y dependientes) también fue ampliamente confirmado por la historia. Pese a esto, muchos de los supuestos seguido res de Trotsky creyeron encontrar en distintos momentos, una situación de “excepción” frente a variantes del nacionalismo pequeño burgués o burgués y le capitularon, más o menos desembozadamente (tanto al nasserismo egipcio, como al MNR boliviano, al peronismo o a Khaddafy, entre otros muchos ejemplos). Lo que hoy se denomina “transnacionalización” de la economía, y el rol del viejo nacionalismo como sirviente genuflexo del imperialismo mundial, es una buena demostración, por la negativa, de la absoluta vigencia de la teoría de la revolución permanente en este terreno.

En relación con la fundación de la IV Internacional, nuestra opinión es que si Trotsky no hubiese dado ese paso (en contra de la opinión de Deustcher y, hoy, de tantos otros), el bolchevismo habría retrocedido a la barbarie, máxime en las condiciones de apogeo del stalinismo después de la guerra, no previstas por Trotsky. La IV Internacional está históricamente justificada por el mérito de haber impedido el entierro del leninismo en la contrarrevolución de los años treinta y en la segunda pos - guerra. Con la fundación de la IV, se pudo mantener, contra la corriente y con multitud de errores y de horrores, parte importante del legado histórico del bolchevismo. El hecho de que los di rigentes que tomaron la posta en la IV, después del asesinato de Trotsky, dieran en general respuestas oportunistas y seguidistas al stalinismo (con Pablo y Mandel a la cabeza) y también al nacionalismo burgués o pequeño - burgués ante nuevos fenómenos de la realidad, no modifica en lo sustancial esta caracterización. Eso hace que, aún hoy, es en filas de quienes se reivindican de la IV Internacional donde se pueden encontrar los núcleos más importantes de quienes intentan llevar adelante una política revolucionaria, proletaria e internacionalista. Cuando afirmo que no sólo fue justa, s no un acierto histórico, la fundación de la IV Internacional en condiciones objetivas y subjetivas adversas, no pretendo hacer del Programa de Transición la tabla de los “10 mandamientos” revolucionarios. Parto de que es un programa ubicado históricamente, y limitado por ese contexto histórico. Estoy completamente a favor de discutir la vigencia puntual de cada una de sus consignas, más de medio siglo después. Pe ro no comparto el pretensioso objetivo de dar un valor universal a sus consignas y rechazo el tratamiento intemporal que de él ha hecho buena par te de los autoproclamados seguidores de Trotsky. Rescato la vigencia del Programa de Transición en su aspecto medular: en él, todo apunta hacia el poder obrero revolucionario, hacia los soviets, la dualidad de poder, el armamento del proletariado; es decir, hacia la revolución proletaria. Y eso lo convierte en un gigante, a pesar de sus errores y limitaciones. Estoy convencido de que su in menso valor no está dado por la afirmación de que las fuerzas productivas “han dejado de crecer” (lo que obviamente la realidad ha demostrado como equivocado, y que se contradice incluso con otras numerosas afirmaciones del propio Trotsky) ni por el mecanismo de concatenación mecánica de las consignas que llevarían imperceptiblemente al proletariado a las antesalas del poder. Esto, claramente, no es aplicable en situaciones contrarrevolucionarias o no revolucionarias y, muchas veces, los cambios bruscos en la relación entre las clases se producen detrás de consignas ultramínimas, como el pedido de “pan al padrecito Zar” con que comenzó la revolución rusa de 1905. A mi juicio, este mecanismo sólo es aplicable, y relativamente, en el contexto de etapas y situaciones revolucionarias como las que Trotsky vivió y protagonizó; pero no constituye una receta universal. Y tal como ocurrió con las “Tesis de Oriente”, el Programa de Transición fue utilizado por los epígonos de Trotsky como taparrabos para esconder una política opuesta a su contenido esencial: la lucha por la revolución proletaria, sustituyéndola por un recetario de consignas a aplicar por el poder burgués. Sin embargo, el trascendental valor del Programa de Transición (junto al problema del poder), está dado por otro elemento que lo corona y lo signa: la necesidad ineluctable del partido leninista de combate para llevar adelante la revolución proletaria, nacional e internacional. Este elemento central del Programa de Transición fue rápidamente olvidado por sus más importantes e inmediatos seguidores, en la búsqueda desesperada de “atajos” hacia la revolución. Así, convirtieron a la IV Internacional en “consejera” de lo que los falsos sucesores de Trotsky llamaron “las direcciones naturales” del movimiento obrero (al estilo del castrismo, el sandinismo o, ahora, el zapatismo). Un capí tu lo aparte merece la concepción que Trotsky expresa en el Programa de Transición, que más implícita que explícitamente se opone incluso a su labor durante, como mínimo, la última década previa a la publicación del mismo. Allí, el presidente de los soviets de 1905, y conductor de la insurrección de Octubre y creador del Ejército Rojo, en los hechos unilateraliza el proceso de construcción del partido bolchevique y reduce su complejidad, a un planteo confuso y no plenamente leninista, al no incluir y dar relevancia a la necesidad de la lucha teórica e ideológica (lo opuesto a lo que venía haciendo el propio Trotsky para formar la IV Internacional). Implícitamente, apare ce subestimado el rol de la educación paciente de la vanguardia obrera y se sobreestima la importancia de la agitación sistemática de consignas, por más que éstas sean imprescindibles, en particular en momentos claves de la lucha de clases. Esta omisión facilitó, dio “cobertura teórica” a numerosos partidos que se reivindican trotskistas, para conformarse sobre el consignismo y no la política de construcción leninista, a la que Trotsky adhirió lealmente, tras sus vacilaciones centristas entre 1903 y 1917. Es te problema adquiere particular importancia en épocas de reacción política e ideológica como la actual. Para superarlas y prepararnos para los cambios revolucionarios, debemos despojarnos de la mortaja dogmática y rescatar –críticamente– el invalorable legado histórico. Estamos con vencidos de que ése es, a la vez, el mejor homenaje al más contemporáneo de nuestros maestros, al autor de la teoría de la Revolución Permanente y al fundador de la IV Internacional. Tomar en nuestras manos ese le - gado histórico, sin su genio, pero intentando tener capacidad crítica y creadora del marxismo revolucionario: ése es el desafío.