¿Hacia dónde va la izquierda radical?


Escribió: Alex Callinicos en enlucha.org

Las décadas pasadas han visto la emergencia de una nueva izquierda, particularmente en Europa. A pesar de lo frágil y desigual que ha resultado este proceso, representa un intento real por desplegar una alternativa progresista al neoliberalismo, a la guerra y, de hecho, al capitalismo mismo, otorgando voz política a los nuevos movimientos de resistencia que se han desarrollado desde las protestas de Seattle en noviembre de 1999. La convergencia de estos movimientos y la izquierda radical, y los horizontes políticos que de esta forma parecían abrirse, fueron quizás más perceptibles en el primer Foro Social Europeo (FSE) de Florencia en noviembre de 2002. Éste tuvo lugar entre las protestas masivas contra la cumbre del G8 en Génova en julio de 2001 y las gigantes manifestaciones globales contra la invasión de Iraq del 15 de febrero de 2003. En el “seminario” más grande y eufórico 10.000 personas se apretaron en un vestíbulo para escuchar a líderes de la izquierda radical —entre los más conocidos Fausto Bertinotti, secretario general del Partido de la Refundación Comunista (PRC) y Olivier Besancenot, principal portavoz de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR)— hablar de la relación entre movimientos sociales y partidos políticos.2

Caminos divergentes
Los momentos más embriagadores parecen ahora muy distantes. Durante el último par de años los destinos de la izquierda radical han divergido acusadamente. El caso más importante en el lado negativo ha sido el del mismo PRC. El partido de Génova y Florencia se movió desde 2004 en adelante bruscamente hacia la derecha, denunciando la resistencia a la ocupación anglo-americana de Iraq como fascista y uniéndose a la coalición de gobierno de centro-izquierda de Romano Prodi, que se mantuvo en el poder brevemente durante 2006-2008. Los diputados y senadores del PRC votaron a favor del programa económico neoliberal de Prodi, y por la participación de las tropas italianas en la ocupación de Afganistán y en la “misión de pacificación” de Naciones Unidas en Líbano.3 En abril de 2007 la dirección del PRC expulsó a un senador de la izquierda radical, Franco Turigliatto, por votar contra la política exterior del gobierno. A pesar de la participación del PRC en una nueva coalición “Arcoíris” con otros elementos de la izquierda de la coalición gobernante, fue castigado en las elecciones generales de abril de 2008 por su asociación con un gobierno desastroso. En medio de una victoria aplastante de la derecha bajo Silvio Berlusconi, el Arcoíris logró sólo el 3,1 por ciento de los votos, comparado con el 5,8 por ciento que obtuvo el PRC en solitario dos años antes, y perdió todos sus escaños parlamentarios. Bertinotti, bruscamente privado de la presidencia de la Cámara de Diputados a la que había sido elevado bajo el mandato de Prodi, anunció su retirada de la política.

La izquierda radical también sufrió reveses en otros lugares. En Gran Bretaña primero el Partido Socialista Escocés y después Respect se escindieron: cuando los fragmentos rivales compitieron uno contra el otro, ambas partes sufrieron de manera predecible el eclipse electoral.4 En las elecciones generales danesas de noviembre de 2007 la Alianza Rojiverde perdió dos de los seis escaños que habían obtenido previamente. Los retrocesos no quedaron confinados a Europa. En Corea del Sur el Partido Laborista Democrático, formado en 2000 y estrechamente vinculado a la Confederación Coreana de Sindicatos, sufrió una ruptura por su derecha tras las elecciones presidenciales de 2007. En Australia la Perspectiva Socialista Democrática, la organización de izquierda radical que había sido la fuerza directora del reagrupamiento electoral en torno a la Alianza Socialista, también experimentó una escisión en mayo de 2008, asuntó sobre el que reside el fracaso de la alianza a la hora de realizar un avance importante. En Brasil el Partido del Socialismo y la Libertad (PSol), formado en 2004 después de que el gobernante Partido de los Trabajadores expulsara a cinco parlamentarios de la izquierda radical, se fue debilitando por la buena disposición de Heloísa Helena, su candidata en las elecciones presidenciales de 2006, para colaborar con la derecha sobre temas políticos como la corrupción y el aborto.

Afortunadamente hay más experiencias positivas. La más excitante de ellas ha sido la iniciativa tomada por la LCR de lanzar el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA). Este paso siguió a la emergencia de Besancenot durante y después de las elecciones presidenciales francesas de abril-mayo de 2007 como la voz de oposición más creíble y popular frente al intento de Nicolas Sarkozy de conducir a Francia hacia la derecha. Alrededor de 800 delegados que representaban unos 300 comités iniciadores del NPA se reunieron en París el 28 y 29 de junio de 2008.5 Según una estimación, los comités organizaban alrededor de 10.000 activistas –yendo, por tanto, mucho más allá de las bases de la LCR, que tenía una afiliación de alrededor de 3.500. En un sondeo de opinión realizado en julio de 2008, el 62 por ciento puntuaba a Besancenot positivamente y entre un 7 y un 8 por ciento declaraban estar dispuestos a votar por su partido.6
 
En Alemania La Izquierda (Die Linke), oficialmente constituida como partido en junio de 2007 como resultado de la convergencia entre disidentes socialdemócratas de Alemania occidental y el Partido del Socialismo Democrático (PDS), heredero del viejo partido gobernante de Alemania del Este, continúa erosionando electoralmente la base del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). Al tiempo de su segundo congreso en mayo de 2008 La Izquierda alega tener 75.000 miembros. En Grecia la coalición de izquierda radical Synaspismos ha crecido en los sondeos de opinión como resultado de la crisis del gobierno de centro-derecha y de la oposición blairista del Movimiento Socialista Pan-Helénico (Pasok).

E incluso en Italia, el país que ha visto el más catastrófico colapso de la izquierda radical, la tendencia no es uniformemente negativa. Como reacción al eclipse electoral, el congreso nacional del PRC, reunido en julio de 2008, giró hacia la izquierda. Bertinotti y sus aliados fueron derrotados por una coalición de corrientes de izquierda lideradas por Paolo Ferrero. Los delegados, elegidos en reuniones en las que participaron 40.000 miembros, votaron a favor de un documento que llamaba a “un giro a la izquierda” y declaraba el fin de la “colaboración orgánica [con el Partido Democrático de centro-izquierda] en el gobierno del país”. Continuaba:

     Es importante recuperar la idea de que la oposición no es meramente una yuxtaposición en el espectro político sino que debe ser una fase de la reconstrucción, del arraigamiento, de las relaciones sociales, de las batallas políticas y culturales. En la crisis de la globalización capitalista, la alternativa tiene que ser construida a través de la lucha social y política contra el gobierno de Berlusconi, los proyectos de la Confindustria [la patronal italiana] y los puntos de vista fundamentalistas. Dentro de esta perspectiva, es indispensable fortalecer la izquierda alternativa a través de la colaboración entre los diversos anticapitalistas, comunistas y movimientos de izquierda; agregando las realidades colectivas e individuales que se encuentran fuera de los partidos políticos en estratos sociales, culturales y laborales diversos.7

La primacía de la política
No obstante, la sensación de participar en un movimiento de avance general que predominaba hace unos años ha sido sustituida por una marcada divergencia. ¿Qué ha causado este giro? Para responder a esta pregunta necesitamos comprender las fuerzas dominantes que hay tras el auge de la izquierda radical, particularmente en Europa. Dos coordenadas objetivas dominantes estanban implicadas. Primero, la emergencia de la resistencia masiva al neoliberalismo y la guerra, que comenzó con las huelgas del sector público francés en 1995 y que ganó impulso tras la protestas de Seattle en 1999. Segundo, la experiencia del “social-liberalismo” a medida que los gobiernos socialdemócratas, que llegaron al poder en toda Europa en la segunda mitad de los años 90 gracias a la oposición popular al neoliberalismo, procedieron a la implementación de políticas neoliberales, y en algunos casos –el Nuevo Laborismo bajo Tony Blair en Gran Bretaña y la coalición Rojiverde encabezada por Gerhard Schröder en Alemania- a ir más lejos de lo que sus predecesores conservadores se habían atrevido.8

El giro hacia la derecha en la socialdemocracia mayoritaria abrió un espacio a su izquierda. Además, la revitalización de la resistencia dio lugar a una presión para rellenar este espacio. Varias formaciones políticas emprendieron la tarea de rellenar este espacio. Procedían de muy diversos orígenes y trayectorias –algunas ya establecidas, como el PRC y la LCR, otras muy nuevas, como por ejemplo el SSP y el Bloque de Izquierda portugués, y otras sólo formadas como respuesta a la nueva situación, como Respect y La Izquierda. De forma general no intentaron rellenar este espacio a la izquierda sobre la base de un programa explícitamente revolucionario. De ahí el nombre con el que se les etiquetó –“izquierda radical”, que implicaba una ruptura con el centro-izquierda mayoritario pero no un compromiso con la revolución socialista.

En algunos casos esto reflejaba una decisión táctica de la izquierda radical para atraer aliados y una audiencia más amplia. Pero a menudo era una consecuencia del hecho de que muchos de los líderes de las nuevas formaciones eran reformistas que estaban buscando la restauración de una socialdemocracia más “auténtica” que, según su visión, había sido corrompida por figuras del tipo de Blair y Schröder. Así George Galloway, que ayudó a fundar Respect en 2004 tras ser expulsado del Partido Laborista por oponerse a la guerra de Iraq, dijo a propósito de Blair, “Si él rompe el Partido Laborista, la necesidad de un partido laborista no habrá desaparecido. Algunos de nosotros nos prepararemos para reconstruir un partido laboristas desde las ruinas”.9

La emergencia de esta izquierda radical marcó un desarrollo extremadamente importante y decisivo. Representó una oportunidad para rehacer la izquierda sobre una base mucho más asentada en principios de la que había prevalecido durante los momentos de auge de los partidos socialdemócratas y estalinistas. Desde la perspectiva de un nuevo movimiento de resistencia marcó un importante giro estratégico hacia una intervención en el campo político.10 Pero este giro, mientras constituía un paso adelante, generó sus propios problemas. En primer lugar, la política tiene su propia lógica, que somete bajo sus riesgos y contingencias a todos aquellos que intentan lidiar con ella. Esto es más obvio en el caso de las constricciones impuestas por el sistema electoral, que en la mayoría de las democracias burguesas funciona severamente en contra de los pequeños partidos de la izquierda radical.

En segundo lugar, las diferentes formaciones de la izquierda radical tuvieron que confrontar la cuestión de cómo continuar en un ambiente que era, de alguna manera, menos favorable que aquel que siguió al periodo inicial. El periodo inicial estaba delimitado aproximadamente por los años 1998, cuando la oposición de izquierda al social-liberalismo se hizo por primera vez visible, y 2005, cuando Respect hizo sus mayores avances con la elección de Galloway como diputado nacional por Bethnal Green & Bow y la Constitución Europea fue derrotada en los referéndums francés y holandés. Pero después de este periodo la izquierda radical se vio forzada a lidiar con otro en el que la oposición masiva a la guerra de Iraq estaba desvaneciéndose, mientras el movimiento anticapitalista acusaba un declive significativo debido a su fracaso para abordar problemas importantes de forma efectiva.11

La respuesta de las formaciones de la izquierda radical estuvo, por supuesto, condicionada por la política prevaleciente en ellas. Esto probó en el caso de dos figuras clave –Bertinotti y Galloway- ser un reformismo que comenzaba a girar hacia la derecha. La reacción de Bertinotti al declive de los foros sociales que se habían extendido por toda Italia después de Génova y que habían dirigido las movilizaciones para Florencia y las protestas anti-guerra, fue volverse hacia el centro-izquierda con las desastrosas consecuencias ya mencionadas. La retirada fue imperfectamente disimulada tras una nube de retórica radical que explotaba la vaguedad y ambigüedad del marxismo autonomista que continúa influenciando con fuerza el movimiento italiano.

En el caso de Galloway y el círculo a su alrededor, el declive del movimiento anti-guerra desde el pico alcanzado en 2003 se combinaba con el pesimismo sobre la capacidad de los trabajadores organizados para plantear una resistencia efectiva a los ataques realizados por el Nuevo Laborismo y los jefes. La conclusión fue que el camino hacia adelante que debía seguir Respect yacía en alianzas sostenibles con notables locales musulmanes que pudieran atraer votos. Pero este razonamiento –y la escisión que produjo en Respect- estaba revestido por una reconciliación creciente entre Galloway mismo y el Nuevo Laborismo. Esto se reflejó primero en su apoyo a la infructuosa campaña por la reelección de Ken Livingstone como alcalde de Londres en mayo de 2008 y después en su unión para ayudar al acosado gobierno de Gordon Brown durante las elecciones parlamentarias parciales de Glasgow East en julio, cuando un candidato blairista fue derrotado por un viraje masivo hacia el Partido Nacional Escocés.12

En otros lugares, la política se he desenvuelto mejor, por el momento. La mayoría de la dirección de la LCR tomó la iniciativa en medio del desarraigo general de la izquierda francesa reflejado, por ejemplo, en la crisis de la principal coalición antiglobalización, Attac. Pusieron a Besancenot en la primera ronda de las elecciones presidenciales francesas en abril de 2007 y entonces, capitalizando su relativo éxito (con un 4,08 por ciento de los votos a pesar de la derrota aplastante de la izquierda), lanzaron el NPA.13 La Izquierda (Die Linke) es una formación mucho más sólidamente reformista que cualquier cosa imaginada por la LCR. Está, sin embargo, definida por la lucha entre dos tendencias –una de derecha, poderosa tanto numéricamente como en el aparato, constituida ampliamente por el ex-liderazgo del PDS, y otra corriente reformista más a la izquierda dominada por los responsables sindicales ex- SPD y aglutinada en torno a la figura de Oskar Lafontaine. Desde una perspectiva histórica, el último grupo es extremadamente significativo, ya que representa una fractura en el partido socialdemócrata más poderoso del mundo.

Lafontaine es un antiguo presidente del partido y candidato a la cancillería por el SPD, y fue su ministro de finanzas brevemente durante 1998-9, hasta que se le echó del gobierno gracias a una campaña puesta en marcha por los grandes negocios. Persigue un proyecto de reconstrucción de la socialdemocracia alemana sobre una base más a la izquierda. En su discurso durante el congreso nacional de Die Linke en mayo de 2008 denunció al líder del SPD Friedrich Ebert por traicionar la Revolución Alemana de noviembre de 1918, invocó a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, y citó no solo a Karl Marx y Frederick Engels sino también a los filósofos marxistas Walter Benjamin, Theodor Adorno y Max Horkheimer –una lista de autoridades más bien inusual para ser citadas por un político socialdemócrata. Más concretamente, Lafontaine se comprometió frente a su partido a oponerse a la guerra y a la OTAN, condenó la represión masiva sobre los sueldos sufrida por los trabajadores alemanes en los últimos años, y llamó a la regulación estricta de los mercados financieros.14

¿Qué tipo de partido?
Los recientes avances de La Izquierda y la LCR muestran que las coordenadas objetivas responsables del ascenso inicial de la izquierda radical siguen ahí. Pero las experiencias del PRC y Respect subrayan los peligros políticos a los que esas formaciones se enfrentan. ¿Cómo pueden abordarse estos riesgos? La respuesta de la LCR es particularmente interesante. Está influenciada por los ejemplos negativos de los gobiernos de centro-izquierda, no sólo en Italia, sino también en la misma Francia y en Brasil. El gobierno de la izquierda plural de Lionel Jospin (1997-2002) juntó a los partidos Socialista, Comunista y Verde para poner en marcha un programa social-liberal que implicó la privatización de empresas estatales por valor 36,4 billones de euros, más que los seis gobiernos anteriores juntos.15

La experiencia del Partido de los Trabajadores en Brasil desde la victoria de su líder, Lula, en las elecciones presidenciales de 2002, es especialmente mortificante para la LCR. Democracia Socialista (DS), en aquel entonces la sección brasileña de la Cuarta Internacional, decidió participar en el gobierno de Lula, a pesar de que éste continuó una versión aun más rigurosa de las políticas económicas neoliberales que el anterior presidente, Fernando Henrique Cardoso. La controversia resultante condujo eventualmente a DS a romper con la Cuarta Internacional, en la que la LCR es por mucho la fuerza dominante.
La determinación por evitar cualquier repetición de una situación en la que la izquierda radical pudiese quedar integrada en un gobierno de coalición social-liberal marcó la respuesta de la mayoría de la LCR frente al intento por hacer de los colectivos que habían dirigido la campaña por el No a la Constitución Europea en 2005 el relleno de una candidatura unitaria “anti-liberal” para la campaña presidencial de 2007.16 El liderazgo de la LCR siguió la línea de que el muy amplio espectro de fuerzas implicadas en los colectivos por el No –que abarcaban desde el ala izquierda del Partido Socialista y el Partido Comunista hasta varios colectivos antiglobalización y la Liga misma- era políticamente incoherente. Más específicamente, y de forma crucial, las corrientes reformistas implicadas no descartarían la participación en un gobierno de centro-izquierda, volviendo a levantar el espectro de otra coalición de la izquierda plural. El escepticismo de la LCR acerca de una candidatura unitaria “anti-liberal” condujo a una actitud negativa y, a veces, de ultimátum respecto a los colectivos, lo que conllevó su aislamiento durante este periodo, antes de que los esfuerzos por encontrar un candidato colapsaran al inicio de 2007. Pero la Liga encontró al final una confirmación parcial de su posición en el comportamiento de José Bové, que, tras presentarse a la primera ronda de las elecciones en nombre de lo que quedaba de los colectivos, se asoció a Ségolène Royal, exponente del ala derecha del Partido Socialista y derrotada por Sarkozy en el desempate.

Es para prevenirse de este tipo de peligro que la LCR insiste en que el nuevo partido debe ser anticapitalista y no simplemente opuesto al neoliberalismo (“anti-liberal” es el término usado en Francia):
    La cuestión del poder divide profundamente a la denominada izquierda anti-liberal. Todo partido debe plantearse la cuestión del poder, y nosotros no podemos ser una excepción a esta regla. La cuestión es saber en qué marco, en beneficio de quién. Para nosotros, la cuestión es trasladarnos desde una situación en la que una minoría decide e impone sus elecciones, sus beneficios y sus privilegios, a otra situación en la que el mayor número de personas se apoderan de las palancas que manejan la sociedad. No deseamos el poder para nosotros mismos sino como instrumento de un movimiento desde abajo… un poderoso movimiento social, un mayo del 68 que llegue hasta el final, que comience a controlar la dirección de la economía.
    Las instituciones son elementos esenciales para mantener el orden social y la propiedad capitalista. No queremos construir un partido de gestores sino un partido de ruptura. Es por esto que la independencia del Partido Socialista es una cuestión clave. El capitalismo liberal y el anticapitalismo no pueden cohabitar en el mismo gobierno. Nuestra perspectiva es por tanto no la de unir la izquierda tal como existe hoy día, o algunos de sus fragmentos, sino construir un movimiento social y político de la mayoría por una ruptura con el capitalismo. ¡Entonces la cuestión del poder será planteada!17
Por tanto, ¿en qué consiste de forma precisa este partido anticapitalista? Es, como dice el mismo texto de la LCR, “un partido para la transformación revolucionaria de la sociedad”, aunque no un partido revolucionario en el sentido específico en el que ha sido entendido en la tradición marxista clásica.18 En esa tradición, se asume que la revolución socialista toma una forma particular, como resultado de las experiencias de la Revolución Rusa de octubre de 1917 y de los primeros años de la Internacional Comunista (1919-1924). Implica huelgas de masas, el desarrollo de un poder dual que contrapone instituciones de democracia obrera al estado capitalista, y una insurrección armada para resolver esta crisis a través de la dominancia de los consejos obreros, y, acompañando a todo esto, la emergencia de un partido revolucionario de masas con el apoyo mayoritario de la clase trabajadora. Esta amplia concepción del proceso revolucionario es común tanto en la Cuarta Internacional como en la Tendencia Socialismo Internacional, a la que el Socialist Workers Party pertenece [así como En Lucha, n.d.t].19

Bajo la visión de la LCR, el NPA no debería comprometerse a esta concepción específica de la revolución, sino simplemente a la necesidad de “una ruptura con el capitalismo”. Si esta noción puede parecer vaga, su significado político reside en lo que descarta. Específicamente, la Liga argumenta de forma correcta que es necesario oponerse al capitalismo como sistema, no simplemente al neoliberalismo como un conjunto de políticas. Fallar en la realización de esta distinción puede conducir a la participación en gobiernos de centro-izquierda con la esperanza (por lo general la ilusión) de que producirá una mezcla más benigna de políticas.20

Hay mucho que elogiar en la concepción que tiene la LCR sobre el NPA. No sólo están en lo correcto cuando insisten en la diferencia entre anti-(neo)liberalismo y anticapitalismo, sino también en no establecer un compromiso explícito con la tradición marxista revolucionaria como base del nuevo partido. Esto es así por razones estratégicas a largo plazo. La experiencia política del siglo XX muestra muy claramente que en los países capitalistas avanzados es imposible construir un partido revolucionario de masas sin romper el control de la socialdemocracia sobre la clase trabajadora organizada. En la era de la Revolución Rusa era posible para muchos partidos comunistas europeos comenzar a realizar esto escindiendo los partidos socialdemócratas y ganando un número sustancial de trabajadores previamente reformistas directamente al programa de la Internacional Comunista. Octubre de 1917 ejercía un enorme poder de atracción sobre todos aquellos en el mundo que querían luchar contra los jefes y el imperialismo.

Desgraciadamente, gracias a la experiencia del estalinismo, hoy es justo al contrario. El social-liberalismo es rechazado por mucha gente de clase trabajadora, pero, en primera instancia, lo que buscan es una versión más genuina del reformismo que sus partidos tradicionales una vez les prometieron. Por lo tanto, si las formaciones de la izquierda radical van a ser habitables para estos refugiados de la socialdemocracia, sus programas no deben excluir el debate entre reforma y revolución incorporando simplemente las concepciones estratégicas distintivas desarrolladas por los marxistas revolucionarios.21

Al mismo tiempo, navegar entre la Escila del oportunismo y la Caribdis del sectarismo nunca es fácil. Por un lado, trazar la línea divisoria entre el anti-liberalismo y el anticapitalismo no es necesariamente algo sencillo. Dicho esto, como señalaría la LCR, el anticapitalismo tiene “delimitaciones estratégicas incompletas” –por ejemplo, deja abierto cómo se realizará “la ruptura con el capitalismo”- existiendo una gran amplitud para debatir sobre los pasos concretos que son necesarios. Hay estrategias de la izquierda reformista perfectamente respetables para alcanzar una ruptura con el capitalismo que presumiblemente tendrán el derecho de ser escuchadas en estos debates. Pero –y aquí es donde surge la complicación- estas estrategias se entrelazan con propuestas que apuntan más hacia el neoliberalismo que hacia el capitalismo en sí mismo. Por ejemplo, la Tasa Tobin sobre las transacciones financieras internacionales que es respaldada por La Izquierda y Attac no es una medida anticapitalista. Pero es perfectamente imaginable cómo una lucha real por la Tasa Tobin podría desarrollarse para dar lugar a una confrontación con el mismo capital, y algunos de los que la defienden podrían acoger muy bien una perspectiva como esta. La última ola seria de reformismo de izquierdas durante los años 70, asociada con Tony Benn en Gran Bretaña y Jean-Pierre Chevènement en Francia, buscaba, no expropiar el capital, sino usar el estado para someterlo a objetivos socialistas.22

Por otro lado, mientras que la LCR está plenamente en lo correcto al oponerse como una cuestión de principios a la participación en un gobierno de centro-izquierda, no puede asumir que todo aquel que se sienta atraído por el NPA compartirá esta actitud. Por el contrario, muchos de ellos podrían querer ver a Besancenot en el gobierno. En una encuesta de agosto de 2008 el 18 por ciento decía que el Partido Socialista debería llegar a un entendimiento con él.23 En Alemania el proyecto de Lafontaine de un gobierno rojo-rojo sometido a sus términos, es decir, una coalición con el SPD en la que La Izquierda marca la agenda, tendría mucho sentido para muchos de los que se rebelan contra el social-liberalismo. Se equivocan respecto a esto –con toda probabilidad un gobierno de este tipo, como los gobiernos laboristas británicos del periodo inicial de la postguerra o la presidencia de François Mitterrand durante 1981-3, se desmoronaría bajo la presión impuesta por el capital.

Es importante que los revolucionarios adviertan contra los peligros que implica la participación de la izquierda radical en gobiernos de centro-izquierda. Pero no deberían hacer del hecho de que estas formaciones, si tienen éxito, confrontarán en el futuro el problema de la participación, una razón para no implicarse en su construcción hoy día. Esta es, en efecto, la línea adoptada por la sección alemana del Comité por una Internacional de los Trabajadores (CIT/CWI)24, que intentó escindir el precursor de La Izquierda en Alemania occidental debido a la participación del PDS en coaliciones social-liberales en Berlín y otros lugares.

El papel de las y los revolucionarios
El problema subyacente aquí reside en que ha sido la brecha ocasionada en el reformismo lo que le ha dado su apertura a la izquierda radical. ¿Cómo se puede entonces intentar atraer a gente con unos antecedentes reformistas y al mismo tiempo evitar las traiciones del reformismo –traiciones recapituladas de forma concentrada en la trayectoria de Bertinotti? La solución al problema ofrecida por la LCR parece ser la instalación de una especie de cierre de seguridad programático –compromiso con el anticapitalismo y oposición a los gobiernos de centro-izquierda. Pero esto tiene pocas probabilidades de funcionar: cuanto más éxito logre el NPA, bajo más presiones y tentaciones del reformismo se encontrará.

Una cuestión muy importante a la hora de abordar este problema gira en torno al papel que juegan los socialistas revolucionarios organizados en el seno de las formaciones de la izquierda radical. Una respuesta ampliamente discutida ha sido la proporcionada por el modelo del Partido Socialista Escocés (SSP). En él organizaciones existentes de la extrema izquierda se disolvieron para formar un partido socialista unitario. A las diferentes corrientes políticas se les permitió formar plataformas organizadas, pero no difundir propaganda política de forma abierta. El SSP tenía un programa con “delimitaciones estratégicas incompletas” y estaba abierto de forma reconocida a gente con políticas reformistas (aunque la actitud sectaria y desdeñosa que tomó hacia aquellos que tenían antecedentes laboristas inhabilitó esto en la práctica). Los defensores del modelo del SSP argumentaron que el partido no capitularía ante las influencias reformistas gracias al “liderazgo de los revolucionarios”. Pero esto obviaba la cuestión de cómo este liderazgo estaba asegurado. En la práctica se hizo no tanto por la influencia de las ideas revolucionarias sobre la afiliación -en gran parte pasiva- del SSP, sino por la organización altamente faccional de los líderes de la plataforma que fundó el partido, el Movimiento Socialista Internacional (ISM). Esto permitía cohesionar el partido en tanto que el liderazgo de la ISM permaneciera unido, pero cuando éste se rompió en el otoño de 2006 el resultado fue la desintegración del mismo SSP.25
E
stos problemas se reforzaron por la tendencia hacía la predominancia del ala parlamentaria después de que el SSP obtuviera seis escaños en el Parlamente escocés en mayo de 2003. Como Mike Gonzalez señaló:
    Los resultados de las elecciones condujeron a un sobre énfasis de la actividad parlamentaria a expensas de la actividad de base. Los parlamentarios pueden ser una plataforma propagandística útil en la construcción de una organización socialista: como Tommy Sheridan ha mostrado tan enfáticamente cuando fue el único miembro parlamentario entre 1999 y 2003. Con seis diputados en el parlamento, el partido podía permitirse tener un cierto número de investigadores y trabajadores sociales a tiempo completo, y el compromiso de los diputados de transferir la mitad de su sueldo de diputados al partido incrementó los recursos de éste. Pero también reforzó el carácter burocrático del partido, y focalizó su atención en un rol parlamentario que no pudo ser limitado y sometido.26
E
l desarrollo de un aparato exagerado y centrado en el Parlamento de Holyrood reforzó la tendencia al faccionalismo de la dominante ISM. Esta experiencia ofrece un importante ejemplo negativo para otros intentos de construcción de partidos de izquierda radical. Por tanto la fuerza organizativa y la cohesión política que posee la Liga implican que ésta podría muy fácilmente continuar dominando el NPA, y de hecho la sospecha de que esto ocurrirá ha sido expresada incluso por algunos de los que se han visto atraídos por el proyecto.27 Está claro que esta no es la intención de la dirección de la LCR, de ahí su insistencia en la apertura del nuevo partido. De hecho sería un error desastroso para los socialistas revolucionarios tratar de dominar el NPA y sus equivalentes en cualquier otro sitio gracias a su peso organizativo. Cualquier intento de este tipo haría retroceder de forma severa el desarrollo de la izquierda radical. Pero esto no resuelve el problema de la lucha entre izquierda y derecha que resulta inevitable en cualquier desarrollo dinámico de una formación política.

Cuando por primera vez se vio envuelto en el proceso de reagrupamiento de la izquierda al principio de la presente década, el SWP emergió con su propia concepción de la naturaleza de las nuevas formaciones de la izquierda radical. Ésta concepción fue articulada por John Rees cuando argumentó: “La Socialist Alliance (la Alianza Socialista, precursora de Respect) es por tanto mejor concebida como un frente único de tipo especial aplicado al campo electoral. Busca la unión de los activistas de la izquierda reformista y los revolucionarios en una campaña común en torno a un programa mínimo”.28 Aunque constituía una innovación, esta extensión de la táctica del frente único no estaba completamente carente de precedentes. En mayo de 1922 la Internacional Comunista declaró que “el problema del Frente Político Único del laborismo en los Estados Unidos es el problema del Partido Laborista”, una política que condujo a su sección americana, el Partido de los Trabajadores (WP), a participar durante 1923-4 en el Partido Obrero-Campesino Federado fundado por John Fitzpatrick, líder de la Federación Obrera de Chicago.29

La concepción del frente único de tipo especial nutrió nuestra aproximación a Respect. Como contraste, aquellos de la izquierda radical pertenecientes a la minoría que siguió a Galloway durante la escisión de Respect (principalmente la sección inglesa de la Cuarta Internacional y unos pocos ex miembros del SWP) tendieron a apoyar el modelo del SSP y a criticar al SWP por no disolverse dentro de Respect. Es extremadamente afortunado que rechazásemos la liquidación del SWP, ya que en ese caso la crisis en Respect hubiera conducido no sólo al eclipse electoral temporal de la izquierda radical en Gran Bretaña, sino también a una más profunda fragmentación y debilitamiento de la izquierda socialista organizada.

La idea de que el NPA debería ser concebido como un frente único de tipo especial ha sido recientemente criticada por uno de los arquitectos principales del proyecto, François Sabado:
    No hay una continuidad lineal entre frente único y partido, de igual forma que lo “político” no es una simple continuación de lo social. Hay elementos de continuidad pero también de discontinuidad, de especificidades, vinculadas de forma precisa a la lucha política… Desde este punto de vista resulta incorrecto considerar el nuevo partido como un tipo de frente único. Hay una tendencia por tanto a subestimar las delimitaciones necesarias, a considerar el NPA como una mera alianza o marco unitario –aunque sea de tipo especial- y por tanto a subestimar su propia construcción como un marco o mediación hacia la construcción de un liderazgo revolucionario para el mañana. Existe el riesgo de que si consideramos el NPA como un tipo de frente único hagamos que sólo sostenga batallas de frente único. Por ejemplo, nosotros no condicionamos la unidad de acción del conjunto de los trabajadores y los movimientos sociales al acuerdo sobre la cuestión de la gobernabilidad; ¿pero es esta una razón para que el NPA relativice la lucha sobre la cuestión de la gobernabilidad? No, no lo creemos. El NPA hace de la cuestión de la gobernabilidad –el rechazo a la participación en gobiernos de colaboración de clase- una delimitación de su lucha política. Esto muestra, de forma evidente en este asunto, que el NPA no es ningún tipo de frente único. Nuestro objetivo de construirlo como una confluencia de experiencias y activistas no significa que debamos abandonar la visión del partido como uno de los eslabones decisivos de una alternativa política global y de acumulación de la lucha de clases, e incluso de cuados revolucionarios para futuras crisis.30

Sabado está en lo correcto en dos aspectos importantes. Primero, como él indica en la última frase, construir exitosamente la izquierda radical hoy es un paso de acercamiento, y no de alejamiento, hacia la construcción de partidos revolucionarios de masas. En segundo lugar, también está en lo correcto cuando afirma que la intervención de las formaciones de la izquierda radical en el campo político configura su carácter. Incluso si su estructura organizativa es aquella de una coalición, como era la de Respect, necesitan definir su identidad política global a través de un programa, y funcionar en muchos sentidos como un partido político convencional, particularmente cuando se entra en la actividad electoral.
P
ero lo que la fórmula de un frente único de tipo especial plasma es la heterogeneidad política característica de la izquierda radical contemporánea. Algunas veces esto refleja el origen específico de una formación particular –así, una de las más exitosas, el Bloque de Izquierdas en Portugal, se fundó en 1999 como una coalición de la izquierda radical, específicamente entre el ex maoísta União Democrática Popular (UDP) y el Partido Socialista Revolucionário (PSR), la sección portuguesa de la Cuarta Internacional. El exitoso desarrollo del Bloque ha conducido a la adopción de una estructura de partido más unitario, pero, sobre todo, su heterogeneidad interna se ha incrementado a medida que el Bloque ha atraído a elementos disidentes del Partido Comunista, marcadamente estalinista, muchos de los cuales comparten las mismas políticas que el ala de Bertinotti en el PRC.
Esto indica que la naturaleza políticamente diversa de la izquierda radical contemporánea es más que la historia específica de formaciones políticas individuales.

La forma particular que ha tomado la crisis de la socialdemocracia hoy ha creado las condiciones para una convergencia entre elementos de la izquierda reformista y revolucionaria que se oponen al social-liberalismo. El hecho de que esta convergencia política sea sólo parcial, y que en particular no abola la elección entre reforma y revolución, demanda estructuras organizativas que, aunque no sean explícitamente las de una coalición, otorguen a las diferentes corrientes espacio para respirar y coexistir. Pero también ayuda a explicar la base programática que Sabado pretende dar al NPA, la cual está esencialmente en contra del social-liberalismo más que en contra del reformismo en su conjunto. Quien crea que esta es una distinción que no conlleva ninguna diferencia, debería comparar las famosas “21 condiciones” de admisión en la Internacional Comunista con la prohibición mucho más modesta de Sabado de no participar en gobiernos de centro izquierda.
 
Es muy importante, como ya he señalado, no asustarse por las ambigüedades políticas inherentes a la izquierda radical contemporánea. Todo revolucionario o revolucionaria que se precie debería lanzarse entusiasmadamente hacia la construcción de estas formaciones. Pero esto no altera el hecho de que estas ambigüedades puedan conducir a la repetición del tipo de desastres que le han sucedido al PRC y Respect. En realidad, si el NPA está realmente por lo que Sabado denomina “una acumulación de la lucha de clases, e incluso de cuados revolucionarios para futuras crisis”, esto no se va a dar automáticamente. Requerirá un esfuerzo considerable para entrenar a los nuevos activistas ganados al NPA y a su preferencia por la tradición marxista revolucionaria. ¿Pero quién va a abordar esta tarea? Parte de la formación política puede darse dentro del marco del mismo partido. Pero esto sólo puede ser así dentro de unos límites bien definidos; de lo contrario los revolucionarios en el NPA pueden ser acusados justificadamente de violar la apertura política del partido y de tratar de explotar su estructura para transmitir sus propias políticas distintivas.

Un asunto relacionado es el referente al debate dentro de las formaciones de la izquierda radical. La naturaleza relativamente abierta de sus programas y las incertidumbres y sorpresas de las que está llena la era neoliberal implican que un debate enérgico es aun más importante de lo habitual, de cara a la clarificación de las tareas a abordar. Pero donde las formaciones son -formalmente o en la práctica- coaliciones, un debate enérgico puede trastornar el delicado equilibrio entre las diferentes corrientes. El resultado puede ser la tendencia a evitar las discusiones graves, al menos fuera de la relativamente cerrada arena de los cuerpos de dirección. Los dilemas que esto implica son bastante reales. Cuando las diferencias serias sobre estrategia comenzaron a desarrollarse entre Galloway y el SWP tras las elecciones municipales de mayo de 2006, la dirección del SWP intentó contener la disputa limitándola a las áreas más afectadas en East London y Birminghan. Esta respuesta tenía sentido como un medio para intentar prevenir el desarrollo de una crisis que podía desestabilizar Respect, pero cuando la crisis llegó de todas maneras con los ataques de Galloway al SWP en agosto de 2007, el resultado fue que a la mayoría de la afiliación tanto de Respect como del SWP les pilló por sorpresa.

No hay una fórmula simple para evitar este tipo de problema táctico. Pero es posible definir un enfoque general. Es correcto construir la izquierda radical sobre una base amplia y abierta, pero en las formaciones resultantes los socialistas revolucionarios deberían organizarse y luchar por sus políticas. Ambas partes de esta afirmación merecen su adecuado énfasis. Es un error intentar definir las fronteras de los partidos de la izquierda radical de una forma demasiado estrecha. Sinistra Critica, una tendencia de extrema izquierda dentro del PRC dominada por los partidarios italianos de la Cuarta Internacional, rompió con el PRC a finales de 2007 y presentó sus propios candidatos a las elecciones parlamentarias. Como resultado, cuando en julio de 2008 Bertinotti y sus seguidores fueron derrotados en el congreso del PRC por una coalición de corrientes más a la izquierda, Sinistra Critica ya no formaba parte de la discusión. Sería deseable que pudiese girar para restablecer una conexión organizativa con las decenas de miles de activistas que hasta ahora han mirado hacia el PRC.

Pero, al tiempo que se construye sobre una base amplia y abierta, los socialistas revolucionarios deberían mantener su propia identidad política y organizativa. La forma precisa en que esto se puede plasmar naturalmente variará –algunas veces como una organización independiente que participa en una coalición, como hizo el SWP en la Socialist Alliance y Respect, y otras como una corriente dentro de una organización más grande. Es necesaria una identidad socialista revolucionaria dentro de la más amplia izquierda radical, no por razones de estrecha lealtad sectaria, sino porque la teoría y las políticas del marxismo revolucionario tienen importancia. Importan porque proporcionan una compresión de la lógica del capitalismo como sistema y porque recapitulan las experiencias revolucionarias acumuladas de los dos últimos siglos. Desde luego, la relevancia de una tradición así para el presente no está asegurada. Por el contrario, tiene que ser mostrada en la práctica, y esto siempre implica un proceso de selección, interpretación y desarrollo creativo de la tradición. Pero, debido a la importancia de la práctica, los revolucionarios deben retener la capacidad para tomar sus propias iniciativas. En otras palabras, deberían mantener su identidad dentro de la izquierda radical más amplia no como un club de debate teórico sino, sean cuales sean las circunstancias, como una organización intervencionista.

Perspectivas
Por supuesto, la presencia de revolucionarios organizados puede ser una fuente de tensiones en las formaciones de la izquierda radical. Pueden ser señalados y denunciados por la derecha del partido. Esto puede ser un asunto preocupante si los revolucionarios tienen un peso relativo sustancial, como tenía el SWP en Respect y como tendrá la LCR en el NPA. Los elementos de extrema izquierda que se escindieron con Galloway han intentado justificar sus acciones acusando al SWP de tratar de dominar Respect. Esto era lo opuesto de nuestras intenciones. Hubiéramos estado muy contentos siendo una fuerza relativamente pequeña dentro de una izquierda radical mucho más amplia. El problema era que, a pesar de la enorme agitación política que acompañó a la participación británica en la invasión de Iraq, Galloway era la única figura dirigente del laborismo que estaba preparada para romper con el partido acerca de este asunto. Esto conllevó que hubiese una inestabilidad estructural en la construcción de Respect desde el principio. La coalición estaba dominada por dos fuerzas –Galloway y el SWP. Esto funcionó bien en tanto trabajaron conjuntamente de una forma relativamente harmoniosa. Pero el conflicto entre una organización revolucionaria y un político reformista tenía todas las posibilidades de desarrollarse tarde o temprano, y, una vez que ocurrió, no había otras fuerzas suficientemente fuertes para contenerlo.

Este desequilibrio estructural es una consecuencia de la forma particular que ha tomado el declive de la socialdemocracia hoy en día. Muy pronto tras la formación de Respect en 2004 escribí:
    El Partido Laborista es como un gran iceberg encogiéndose gradualmente gracias al calentamiento global. La afiliación, el arraigo social y la base electoral están en un continuo declive. Tony Blair gano una enorme mayoría parlamentaria en las elecciones generales de 2001 con menos votos de los que le sirvieron a Neil Kinnock para perder las elecciones de 1992. Pero el iceberg, aunque encogiéndose, permanece bastante cohesionado. El laborismo permanece consistente gracias a la perdurable fuerza de los sindicatos, que siguen siendo el núcleo de su base social, la capacidad del liderazgo para sobornar a los activistas a través de una mezcla de retórica, patrocinio y reformas sociales muy limitadas, y las vanas esperanzas de los diputados, activistas del partido y dirigentes sindicales, de que, de alguna manera, las cosas realmente mejorarán. El declive tiene lugar gradualmente, a través de un proceso de desgaste, una serie de decisiones individuales en las que activistas desmoralizados abandonan y votantes desilusionados se quedan en casa.31

Esta imagen continúa adecuándose ampliamente al declive acelerado del Nuevo Laborismo bajo Gordon Brown, y también lo hace para gran parte del resto de la socialdemocracia europea. La base social del reformismo se encoge, no gracias a escisiones organizativas, sino a través de un desgaste gradual. Esto no cambia el hecho de que hay un espacio que la izquierda radical puede rellenar, pero probablemente esto tomará la forma de un proceso de bastante largo término en el que las intervenciones electorales y otras campañas gradualmente atraerán votantes y activistas. Y la erosión de la base social del viejo reformismo da a la extrema derecha una oportunidad para llegar a la gente de clase trabajadora que se siente desencantada y no representada, como han mostrado muy crudamente las desagradables fuerzas racistas desatadas por la victoria de Berlusconi y sus aliados en las elecciones generales italianas de abril de 2008.

La forma general tomada por la crisis de la socialdemocracia subraya la importancia del caso de La Izquierda, donde una grieta real se ha producido en el monolito del SPD. Esto es en parte un reflejo de la mera fuerza acumulada por la socialdemocracia alemana. Perry Anderson escribió acerca del SPD inmediatamente después de su victoria electoral en septiembre de 1998, “Es un partido muy diferente del Nuevo Laborismo. El doble de grande, con 700.000 miembros individuales, su cultura sigue siendo notablemente de clase trabajadora. La atmósfera de un mitin del SPD en cualquier gran ciudad industrial está más cerca de los mítines laboristas de las décadas de 1960 y 1970 que de cualquier otra cosa en Gran Bretaña hoy”.32 Esto hizo que el shock del Gobierno de Schröder fuera aun mayor: después de estar relativamente protegido de lo peor del neoliberalismo en las décadas de 1980 y 1990, la clase trabajadora alemana sufrió, particularmente durante la segunda legislatura de la coalición Roji-Verde (2002-2005), un acusado ataque, con la legislación Hartz IV desmantelando la protección a los desempleados y una ofensiva de la patronal que consiguió forzar los sueldos a la baja y la productividad a la alta.

Este es el contexto que ha permitido a La Izquierda hacer avances tan espectaculares y a Lafontaine montar un intento serio para revivir el reformismo de izquierdas. Es la razón por la que sería poco sensato afirmar que el reformismo está en las últimas, como a veces insinúa la LCR, cuando, por ejemplo, declara, “La socialdemocracia está completando su mutación. Después de haber explicado que el socialismo puede ser construido paso a paso dentro del marco de las instituciones del estado capitalista, ahora acepta su conversión al capitalismo, a las políticas neoliberales”.33 Esto parece proponer una tendencia unilineal de los partidos socialdemócratas hacia la transformación en partidos directamente capitalistas como el Demócrata en los Estados Unidos. En este aspecto la LCR está equivocada.
 
El reformismo no puede ser simplemente identificado con organizaciones específicas sino que surge de la tendencia de los trabajadores, cuando estos carecen de confianza en su habilidad para derrocar el capitalismo, al limitar sus luchas a la obtención de mejoras dentro del marco del sistema existente. Esta tendencia encuentra su expresión política a pesar del desarrollo del social-liberalismo. La Izquierda es un ejemplo; otro es la destreza con la que Alec Salmond (líder del Partido Nacional Escocés) como primer ministro de Escocia y permaneciendo dentro de los límites marcados por el régimen de las políticas económicas neoliberales, ha conseguido el éxito a la hora de proyectar su gobierno como impulsor de un programa más auténticamente socialdemócrata de lo que la socialdemocracia es ya capaz de ofrecer.

Comprender esto es importante por razones políticas inmediatas. El poder atractivo de las políticas reformistas conlleva que no haya una fórmula mágica programática u organizativa que pueda excluir su influencia sobre las nuevas formaciones de la izquierda radical. Es justamente por esta razón por la que los revolucionarios necesitan mantener su identidad dentro de estas formaciones. La izquierda radical tiene que estar abierta a los reformistas si quiere desarrollar por completo su potencial, pero los ejemplos de Bertinotti y Galloway deberían servir como recordatorio de que los reformistas de izquierda pueden moverse tanto hacia la derecha como hacia la izquierda.34 Es importante que esto se tenga presente en el caso de La Izquierda. Lafontaine ha sido un baluarte de la izquierda pero, si decidiera que ha llegado la hora de hacer un trato con el SPD, es muy capaz de virar brutalmente. Pero el que los revolucionarios preserven su autonomía política y organizativa no debería verse como una forma de defensa sectaria. Por el contrario, esta autonomía debería darnos la confianza y el valor para construir la izquierda radical sobre la base más amplia y dinámica posible –aunque preservando el instrumento que será necesario para proseguir las batallas políticas que cualquier éxito real acarreará.

En Gran Bretaña los proyectos electorales de la izquierda radical han sucumbido a un proceso de “destrucción mutua asegurada” en las elecciones escocesas y londinenses que les hará difícil resurgir a corto plazo. Sin embargo, este revés ha tenido lugar con el trasfondo de una crisis acelerada del Nuevo Laborismo. Una característica de esta crisis es que, con unas elecciones generales en perspectiva para mitad de 2010 como muy tarde, la burocracia sindical se está uniendo en torno al gobierno con una visible falta de entusiasmo. El proceso de agotamiento que está apagando la base social del laborismo está gradualmente desgastando sus vínculos con la clase trabajadora organizada. Es muy probable que esto conduzca, no muy tarde, a nuevas iniciativas destinadas a la creación de una alternativa política al Nuevo Laborismo. Al tiempo que se tienen en cuenta las lecciones de los intentos anteriores, los revolucionarios han de permanecer atentos a estas oportunidades.


Referencias

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Notas

1 Artículo publicado en International Socialism Journal número 120, otoño de 2008.
2 Para una evaluación en una etapa anterior del desarrollo de la izquierda radical, ver Callinicos, 2004.
3 Trudell, 2007.
4 Ver Gonzalez, 2006, y Harman, 2008a.
5 Hayes, 2008.
6 Zappi, 2008.
7 Rifondazione, 2008.
8 Ver el análisis de las etapas anteriores de este proceso en Callinicos, 1999.
9 Galloway, 2003.
10 Kouvélakis, 2005.
11 Callinicos y Nineham, 2007.
12 Ver por ejemplo Galloway, julio de 2008.
13 Sobre la crisis de Attac, ver Wintrebert, 2007.
14 Lafontaine, 2008.
15 Phillip Gordon, “Liberté! Fraternité! Anxiety”, Financial Times, 19 de enero de 2002.
16 La LCR tiene un régimen institucionalizado de tendencias políticas rivales que durante muchos años ha enfrentado a la mayoría de la dirección contra una facción de derechas dirigida por Christian Piquet. La derecha se encuentra ahora desarraigada, en parte porque apoyaron la ahora desacreditada posición por una candidatura unitaria, y en parte porque la iniciativa del NPA ha unido al resto de la Liga detrás de la antigua mayoría.
17 LCR, 2008.
18 Ver, acerca de la concepción de la LCR sobre el NPA, Sabado, 2008.
19 Hay una discusión detallada de la versión de la Cuarta Internacional en Mandel, 1979, capitulo 1, mientras que la del SWP está reformulada en Harman, 2007. De ahora en adelante, por “revolucionarios” querré decir, no los adheridos a una corriente específica, como la Tendencia Socialismo Internacional o la Cuarta Internacional, sino aquellos que siguen apoyando esta concepción del proceso revolucionario.
20 Ver, por ejemplo, Harman, 2008b.
21 Para un intercambio de opiniones sobre este asunto, ver Bensäid y otros, 2003, especialmente las páginas 15-19, y Callinicos, 2003.
22 Por ejemplo, Holland, 1976.
23 Zappi, 2008.
24 Al que pertenece el Partido Socialista de Inglaterra y Gales (Socialista Party in England and Wales).
25 Sobre el modelo del SSP, ver los siguientes intercambios de opiniones: Rees, 2002, y Smith, 2003.
26 Gozalez, 2006, páginas 69-70.
27 Ver por ejemplo la carta abierta escrita por varios intelectuales notables anti-neoliberales. Auntain y otros, 2008.
28 Rees, 2001. Página 32. Ver también Callinicos, 2002, y Jaffard, 2008.
29 Citando a Draper, 1985, página 375. Una visión actualizada del Partido Obrero-Campesino, que sucumbió a una combinación de faccionalismo dentro del WP y al miedo de Fitzpatrick y otros sindicalistas de izquierda a trabajar con los comunistas, puede ser encontrada en Palmer, 2007, capítulos 7 y 8. Para la severa crítica de Trostky del episodio centrado en el apoyo de los comunistas americanos al senador Robert LaFollette, que se presentó como el candidato anticomunista del Partido Progresista (Progressive Party) en las elecciones presidenciales de 1924, rechazando el apoyo obrero-campesino y el intento por parte de John Pepper, la figura dominante en el WP, de justificar la política sobre la base de un populismo que disolviese las diferencias entre trabajadores y pequeños agricultores, ver Trotsky, 1970, páginas 119-122, 219-220.
30 Sabado, 2008.
31 Callinicos, 2004, página 4.
32 Anderson, 1999.
33 LCR, 2008.
34 Es también importante anotar, sin embargo, que previamente se habían movido hacia la izquierda. Algunos de los que estuvieron al lado de Galloway en la escisión de Respect criticaron al SWP por romper con él después de haber previamente trabajado de forma amistosa. Esta es, por ejemplo, una de las principales quejas de Mark Steel en “What’s Going On? (2008). La diferencia es simple: a principios de los 2000 ambos Bertinotti y Galloway se movieron a la izquierda en respuesta al auge del movimiento y el SWP fue capaz de trabajar bien con ambos. Cuando estos movimientos comenzaron a declinar, ambos Bertinotti y Galloway se desplazaron a la derecha, con el resultado que ha sido revisado en este artículo. Enfrentado a este desarrollo, el SWP se defendió a sí mismo del intento de Galloway de subordinarnos dentro de Respect. Esto no significa que fuese incorrecto haber trabajado con él o con Bertinotti previamente, sino que subraya la importancia de que los revolucionarios mantengan su independencia política y organizativa.